—No me salgas con tiquis-miquis que no se entienden. ¿Qué es amor, sino deseo, apetito violento, afán de unirse al objeto amado? Y si careces de objeto, ¿cómo no has de carecer de amor? ¿Qué anhelas tu gozar? ¿A qué apeteces unirte, amándolo?

—Pasito, tía, que no es tan invencible el argumento de V. Cuando hay amor y no hay objeto en el mundo para el amor, se imagina, se sueña, se crea un objeto, y este objeto se ama. Así hago yo. ¡Y si V. viese qué precioso es el objeto que forjo en mis sueños!

¿No se parece nada á tu primo Faustino?

—A decir verdad, tía, estas imágenes que se forjan en sueños distan mucho de tener la consistencia de la realidad: son vagas, confusas, aéreas. Sus contornos se desvanecen en un ambiente de niebla luminosa. ¿Cómo he de saber yo de fijo si mi objeto soñado se parece al primito ó no? Eso es según. Ya creo que se parece algo, ya que no se parece nada.

—¿Luego amas una imágen que no sabes cómo es?

—Sé y no sé. Es un misterio que no logro poner en claro.

—No seas pícara, Costancita. Déjate de misterios. Dime sin rodeos ni diabluras si quieres ó no á tu pobre primo.

—Antes sería menester saber si él me quiere ó no.

—El te quiere, te adora. Eso se conoce.

—V. lo conocerá, tía, porque V. tiene más conocimiento que yo. Yo soy inexperta y tan mocita, que nada conozco. ¿Para qué sirve la lengua? Si me quiere, ¿por qué no lo dice? ¿Porqué no se declara? ¿Quiere él y quiere V. que yo le pretenda?