—No, hija Costanza. El no se declara porque es muy tímido.
—La timidez y la tontería suelen confundirse.
—En este caso no. Además, Faustinito no ha tenido ocasión. ¡Tú estás siempre tan circundada!
—Se rompe el círculo que me circunda, se busca ocasión y se halla.
—¿Y quién sabe si él la anda buscando?
—Muy torpe es si anda buscándola ocho días sin hallarla. Pero, vamos, tiita, yo la quiero á usted muchísimo, y no quiero embromarla más ni ocultar á V. nada.
—Dí, dí, picarita. Ya calculaba yo que había gato encerrado.
Doña Costanza metió la mano debajo de la almohada y sacó el billete de su primo entre los lindos dedos.
—Aquí está el gato—tía—dijo.—Aquí está el gato. Ocho días ha tardado el primo en pensar y en escribir esta epístola. Confiese V. que no se precipita y que va con calma, reflexión y reposo.
—No seas burlona. Tu primo no se habrá atrevido á escribirte antes. Léeme la carta.