Tía, ¡por amor de Dios! Este es un secreto. No se lo diga V. á papá ni á nadie. Estas cosillas son más gustosas cuando no se saben.
—No tengas cuidado. Yo me callaré. Lée.
Doña Costanza, en voz muy baja, leyó el billete, que decía así:
«Primita: He tenido el atrevimiento de concebir una esperanza de fidelidad, que me alienta hace ocho días. Mil temores, nacidos de mi corto valer y de lo mucho que tú vales, asaltan mi esperanza, luchan contra ella y procuran matarla. Acudo á tí para que la perdones y la ampares. Basta con una palabra de tus frescos labios para que viva. ¿Pronunciarás tan dulce palabra? En todo caso, no condenes á esta esperanza sin oir antes lo que tengo que decir en su defensa. ¿Cómo y dónde podré hablarte? Si cierta simpatía que he creído leer en tus ojos, si cierta piedad con que me miras á veces, no son mentira que mi fatuidad inventa, confío en que has de buscar medio de oirme lejos de la turba de adoradores que te rodea. Aguarda con ansia tu contestación el más fervoroso de todos, tu primo.—Faustino.»
¿Ves cómo no debes quejarte?—dijo Doña Araceli.
—Y si yo no me quejo, tía.
—¡Y qué carta tan fina y tan bien hilvanada! ¡Cómo el galán encaja en ella todo lo que quiere! ¡Con qué arte es atrevido sin dejar de ser modesto! ¡Con qué primor pide amores y citas sin que parezca que pide nada! Y tú, ¿qué vas á hacer?
—Allá veremos, tía. Lo natural, lo que se cae de su peso, es estar pensando durante otros ocho días la contestación.
—Costancita, no seas mala. ¿Le quieres ó no le quieres?
—¿Y yo qué sé tía?... ¿He de sentirme enamorada de sopetón? Hablando con franqueza, yo me temo que voy á amarle. Advierto que me atrae, que se va hacia él un poquito mi voluntad; pero no le amo todavía. Será menester, lo primero, que me convenza yo de que soy querida, muy querida. Después... repito que allá veremos.