—Entretanto, ¿qué vas á contestar?
—Nada, por lo pronto. Ocho días de silencio.
—Se va á morir de impaciencia.
—Pierda V. cuidado, que no se morirá. Por otra parte, ya ve V. que el primito es atrevido; tardío, pero cierto; me pide nada menos que una cita á solas, ó yo no lo entiendo. Darle la cita sería comprometerme demasiado. ¡Jesús! ¡Qué ligereza! ¿Qué se diría de mí si se supiese?
—Pero, muchacha, si ha de ser tu marido, ¿no podrás hablar con él un momento por una reja?
—¿Y quién le dice á V. que ha de ser mi marido? Eso está por ver.
Por más halagos, razones y caricias que hizo y dijo Doña Araceli á su sobrina, no logró ni más promesas ni más luz sobre el estado de su alma con relación á D. Faustino.
Doña Araceli, no obstante, volvió á su casa algo más confiada en el buen éxito de los amores que con tanto entusiasmo patrocinaba.