—¿Por qué has tardado tanto? ¿Traes contestación?—preguntó el Doctor.

—Vaya, señorito, ¿cree su merced que es tan fácil entrar en esta casa? El chico que me abre la puerta falsa se había dormido como un tronco, y por poco no me quedo á dormir al sereno.

—¿Traes carta?—volvió á preguntar D. Faustino.

—No se apure su merced.

—¿Qué hay? No me apuro—dijo el Doctor, contradiciendo lo apesadumbrado y lastimero de la voz lo mismo que expresaba.—No me apuro. Dí ¿qué hay?

—Pues digo que no hay carta. Doña Costanza ha regañado á Manolilla porque le entregó la de su merced, á la que dice que no quiere contestar.

—¡Bien me lo decía el corazón! Yo soy poco dichoso. No quiero seguir aquí tonteando. Mañana nos volvemos á Villabermeja.

—Señorito, yo creo que las cosas no están tan mal como su merced se las figura.

—¿Y por qué lo crees?

—Lo creo porque á Doña Costanza, que no quiere contestar á su merced, le ha entrado de repente una manía rara.