—¿Qué manía?

—Ha dicho á Manolilla que hace ahora un tiempo delicioso; que el jardín está que da gusto, y que por las noches, con la luz de las estrellas y con el perfume del azahar, debe de estar mejor. Manolilla le ha contestado que sí; que el jardín está encantador de una á dos de la noche, y la señorita ha replicado que tiene el capricho de bajar mañana al jardín á la referida hora.

—¡Ay, Respetilla, apenas quiero creer mi ventura! ¡Me da cita! ¡Quiere verme y hablarme por la reja del jardín!

—Señorito, yo no digo eso. No saque su merced de mis palabras lo que en ellas no se contiene. Estos son asuntos muy dificultosos y resbaladizos. Ni Doña Costanza á Manolilla, ni Manolilla á mí, han dicho nada de cita. No se ha hablado de su merced para nada. Sólo se sabe que Doña Costanza tiene el capricho de bajar mañana al jardín, á la una de la noche; para oler el azahar y contemplar el cielo estrellado; pero como en el jardín hay dos rejas que dan á la callejuela, su merced puede ir por allí, porque la calle es del Rey, y nadie le prohibe á su merced estar en la del Rey, y su merced puede oler también el azahar á la hora que se le antoje.

—Iré, Respetilla; iré sin falta.

—Añade Manolilla que su merced debe ir muy embozado en la capa para que no le vean. En este pueblo son muy chismosos y maldicientes. Y cuando estemos los dos en la callejuela, su merced se podrá acercar á la reja como para ver el jardín y oler las flores, y entonces podrá ocurrir la casualidad de que vea su merced allí cerca á la prima, y por casualidad podrá hablarle.

—¡Ojalá que tan feliz casualidad se realice!—dijo el Doctor suspirando.

—No suspire V., señorito. Ensanche su merced el pecho, que hay casualidades que parecen providencia.

El Doctor se puso contentísimo. Era generoso, y en albricias dió á su criado una monedilla de cuatro duros, equivalente á ocho arrobas de vino superior de su candiotera, y á poco menos de la duodécima parte de su haber en metálico.

Al otro día hubo paseo, tertulia, todo lo de los días anteriores. Costancita, como de costumbre, ni más ni menos afectuosa; más bien menos. D. Faustino la vió, ya al lado de su padre, ya cercada de amigas y adoradores. La habló... y como si tal cosa.