La impaciencia devoraba al Doctor. El día le parecía eterno. La tertulia interminable; pero no hay plazo que no se cumpla, y llegó la una de la noche.
Ya D. Faustino había acompañado á la tía Araceli desde la tertulia á casa, y había cenado con ella. Estaba listo.
No bien la casa quedó en silencio y todos recogidos, el Doctor se escapó con Respetilla por la puerta falsa, de sombrero calañés, embozado en la pañosa, y con una pistola y un puñal en el cinto.
Antes de que diese la una en el reló de la iglesia mayor, ya estaban el Doctor y Respetilla en la callejuela. Las tapias del jardín eran muy altas, y había en ellas dos ventanas con rejas de hierros cruzados; pero sin celosías ni puertas de madera. Todo lo interior del jardín se descubría perfectamente, en cuanto lo consentía la espesura frondosa de naranjos, limoneros, jazmines, rosales de enredadera y otros árboles y plantas. En la callejuela había profundo silencio, y más silencio profundo en el jardín. Sólo se oía el murmurar de la fuente que estaba en el centro.
No había luna; pero era tan clara la noche y brillaban tanto las estrellas, que iluminaban las senditas del jardín y rielaban en el agua del arroyo por donde se desahogaba la fuente para que no rebosase. En ambas orillas del arroyo había, sin duda, muchas violetas, pues su aroma sobresalía por cima del de las rosas, azahar y demás flores.
—Aún no han bajado, señorito,—dijo Respetilla.
—Calla y aguardemos,—dijo el Doctor.
Transcurrieron en silencio tres ó cuatro minutos.
—Ahí vienen ya, ahí vienen—dijo Respetilla.—Ea, no se quede su merced así... tan delante de la ventana, hecho un espantajo, no se asusten estas palomas y se escapen. Arrímese su merced al muro y deje la ventana libre, á ver si vienen.
El Doctor obedeció con docilidad á Respetilla: se apartó de la ventana y se pegó contra el muro. Entonces oyó ruido de pasos ligeros y el crujir agradable y provocativo de la seda y de las leves faldas. Doña Costanza y Manolilla estuvieron á poco en la ventana donde se hallaba el Doctor.