—¡Qué hermosa noche, Manuela!—dijo Doña Costanza.—¡Cuánto me alegro de haber bajado al jardín! Estaba desvelada... Pero tengo miedo. ¿Nos habrá sentido papá? Dios quiera que no lo sepa. ¡Dios mío! ¡Qué furioso se pondría!

El Doctor no sabía cómo salir de su escondite y empezar el diálogo.

Por último, se desembozó y se acercó á la reja, donde estaba su prima.

—¡Ay! dijo ésta asustada.

—No te asustes, Costancita: soy yo, tu primo Faustino.

—¡Hola, hola, primito!—dijo Doña Costanza, riéndose.—¡Vaya un susto que me has dado! ¡Miren qué diablura de coincidencia! Hemos tenido el mismo antojo los dos!

—Así es, prima. Yo también estaba muy desvelado, y he salido á tomar el fresco y á respirar el ambiente embalsamado de tu jardín. Buena dicha ha sido el hallarte.

—Sí, hijo mío; pero ¡qué compromiso! Papá, si supiera que yo estaba hablando contigo á estas horas, y por la reja, sólo Dios sabe lo que haría!

Al llegar á este punto de la conversación, advirtió D. Faustino que ya Respetilla y Manolilla se habían apartado discretamente, sin decir «queden ustedes con Dios,» y estaban hablando muy cerquita el uno del otro, en la otra reja, como quienes quieren dar buen ejemplo.

El Doctor imitó á su criado, y se aproximó cuanto pudo. Costancita sin duda que no lo advirtió, porque no se retiraba, antes insensible y naturalmente, sin caer en la cuenta, se acercó también un poco. Por momentos estuvieron tan próximos, que el Doctor aspiró el fresco y perfumado aliento de la boca de Doña Costanza, y sintió que el fuego de su mirada se le entraba en el alma y como que la encendía.