—Te amo, te adoro—exclamó entonces el Doctor, en voz baja, aunque vehemente.—Para esto quería verte á solas. Esto quería decirte. Ámame ó mátame. Eres mi cielo, mi gloria, mi esperanza. Con tu amor y por tu amor me siento capaz de todo. De tí depende mi suerte y mi vida. Tú puedes salvarme ó perderme. Eres más linda que las flores, más fresca que la aurora, más graciosa que las ninfas que imaginaron los antiguos poetas. Vales más que todos mis ensueños, aunque llegaran á realizarse.
—Cállate, primo, cállate y no seas loco. Esa vehemencia de expresión me aterra. Ten juicio, ó no vendré otra noche.
—¿Vendrás otra noche? ¿Vendrás todas?
—Vendré, vendré un ratito; pero es menester que seas muy callado y muy juicioso.
—Pero ¿no me quieres?
—Pues ¿si no te quisiera, vendría?
—¿Con que me quieres de amor?
—Mira, Faustino, yo no debo engañarte. Yo te quiero, y te quiero mucho como á primo, y como se quiere á un amigo, y como se quiere á un hermano. Todo esto lo sé, lo siento y lo comprendo; pero de amor, ignoro lo que te diga. Soy muy niña y no sé qué debo sentir, ni siquiera qué debo pensar. Dame espera para que yo me interrogue á mí misma y me estudie.
—Perdona mi fatuidad, Costanza; pero ese cariño de que me hablas, ese afecto de prima, de amiga y de hermana, ¿qué es más que amor?
—No trates tú ahora de engañarme, Faustino. Harto se me alcanza que amor es algo más. No sé lo que es, no sé en qué consiste; pero es algo más. Y en prueba de ello, voy á hacerte una confianza.