—¿Cuál, bien mío?
—Que si no te quiero de amor, quiero quererte de amor, y ya esto es mucho. Cuando me paro á pensar en esto, ¿sabes lo que se me ocurre?
—¿Qué se te ocurre?
—Que mi alma anda como la mariposa, revoloteando, revoloteando en torno de la luz, que la atrae de un modo singular. Esta atracción la siente ya mi alma hacia tí; pero no es amor todavía. Es inclinación á amar. Si mi alma cae en la luz y se quema, entonces la llamaré enamorada.
—¡Ojalá caiga pronto!
—¡Cruel, hombre sin caridad! ¿Tan mal quieres á mi alma? ¿Qué te hizo la pobrecilla?
—Herirme, matarme de amores.
—¡Qué exagerados y enfáticos sois los poetas! No sé qué pensar cuando te oigo. ¿Serán frases, me digo; serán figuras retóricas, ó sentirá éste de veras lo que dice?
—¿Dudas de mi lealtad y buena fe?
—Entiéndeme bien. Yo no dudo. Te ofendería dudando, y más aún diciéndote que dudo de que eres sincero. Pero acaso te engañas á tí mismo. Este jardín, esta noche tan apacible y serena, este aroma de flores, la novedad de la cita, el silencio poético de las altas horas, ¿no pueden ser parte de tu entusiasmo? Si en vez de estar yo aquí, estuviese aquí otra mujer joven como yo, y bonita como yo, pues que me dices que soy bonita, ¿no te entusiasmarías lo mismo, y no la llamarías también, con la misma sinceridad, gloria é infierno, salvación y condenación, y todo lo restante que me dijiste?