—No, no la llamaría. Tú sola eres para mí todo eso.

—Pues bien. Yo haré por creerlo. Permíteme que dude todavía. No quiero ser crédula y fácil. No quiero que me alucine la vanidad. Lisonjea tanto ser amada como tú dices que me amas, que no me atrevo á dar crédito á lo que afirmas. Dispénsame esta modestia. Adiós. Hasta otra noche.

—¿Por qué te vas tan pronto? ¡Apenas has llegado y ya me dejas!

—Estoy llena de inquietud. Temo que me sorprenda mi padre. Cualquier ruido me espanta. Un soplo de viento entre las hojas me hace temblar. Vete.

—¿Vendrás mañana á la misma hora?

Costancita vaciló un rato. Luego dijo:

—Vendré mañana.

—¿Estarás más tiempo hablando conmigo?

—Estaré si eres bueno, si pierdo un poquito el temor, si me voy convenciendo de que me quieres.

—Y tú, ¿me querrás?