—Ya te he dicho que quiero quererte. Bien sabes tú que el amor es cosa terrible para una mujer. Me siento atraída hacia él, y retrocedo al mismo tiempo espantada, como si viera á mis pies una sima sin fondo, muy obscura y llena de misterios. Á la vez que quiero amarte, tengo miedo de amarte. Adiós. Déjame por hoy. Pídele á Dios que me dé un sueño tranquilo. Si no duermo nada esta noche, mañana estaré pálida y con ojeras, y papá empezará á hacerme preguntas, y quién sabe lo que recelará, porque es muy caviloso. Vete ya, Faustino.
D. Faustino se preparó á partir. Dirigió una tiernísima mirada á Costancita, y le dijo:
—Dame la mano.
Doña Costanza no podía tener el mal gusto de negarle allí la mano que le daba en público.
El Doctor la estrechó entre las suyas y la cubrió de besos.
Poco después, él y Respetilla salieron de la callejuela y se fueron muy alborozados hacia la casa de Doña Araceli, siguiendo su camino por las calles de menos tránsito, á fin de no llamar la atención.
Orgulloso de su triunfo, prendado como nunca de Costancita, levantando, no ya castillos en el aire, sino alcázares hadados, paraísos, olimpos y jardines de Armida, se durmió aquella noche D. Faustino López de Mendoza al son de una serenata magnífica con que le arrullaban el sueño todos los genios del amor y de la esperanza.