—Para qué ocultárselo á V., señora—contestaba el médico:—está de sumo cuidado.

—¿Se salvará?

—Qué sé yo.

—¿Cuánto tiempo podemos estar en esta duda?

—Quizás más de veinte días. La inflamación ha producido ya la fiebre traumática, y ha atacado además cierta membrana que rodea los pulmones, la cual, por fortuna, creo que no está perforada. Repito que este mal, con el peligro de la muerte, puede durar veinte días, hasta cuatro semanas. Conviene mucho reposo, mucho silencio, dieta rigorosísima, agua de malvas y flor de violeta; las bebidas que han venido de la botica; los cáusticos; en fin, todo lo que he ordenado. Doña Candelaria, V. es una excelente mujer. Cuídele V. mucho. Vamos á ver si salvamos á este infeliz.

De allí en adelante, cuando la calentura del Doctor no era muy intensa, el desfallecimiento, la debilidad le tenía amodorrado. El espíritu, con su actividad independiente, trabajaba en lo interior de su ser, pero con honda confusión y extraordinario desorden.

Tristes pensamientos, melancólicas imágenes cruzaban por el cerebro y poblaban la imaginación de D. Faustino. Á veces veía la muerte cercana, como si él se resbalase en el borde de una sima, como si ya fuese cayendo en un abismo obscuro. Por un lado gozaba de amargo deleite al presentir la paz, el sosiego, el aniquilamiento que le aguardaba. Parecíale que se disolvía en un mar infinito; que se unía para siempre con lazo de amor á todos los seres; que la guerra, la lucha, el egoísmo terminaban. Por otro lado, sentía acerbo dolor de ver que se borraban su individualidad y hasta su nombre del libro de la vida. Se le antojaba que se hundía, que se iba á fondo en el piélago de la existencia, sin dejar rastro, ni huella, ni memoria de haber pasado. Toda aquella armonía poética de su alma, todos aquellos conceptos divinos que allí habían germinado, iban á desaparecer, sin despertar eco alguno, sin abrirse y manifestarse á la luz del día. Al caer en el abismo obscuro, veía D. Faustino á Costancita, que sonreía graciosamente y le llamaba á sí, y le brindaba con el amor purísimo de los ángeles, de que hablaba su carta. D. Faustino quería asirle la mano para que le detuviese; pero Costancita la retiraba con terror, temiendo que su amante la arrastrase en su caída. Etelvina, entre tanto, bailaba con maravillosa desenvoltura, cantaba cancioncillas francesas muy alegres y se burlaba de todo. El Marqués de Guadalbarbo acudía por otra parte, exclamando:—¡Qué feliz soy! ¡Mucho me ama Costancita!—D. Faustino envidiaba su felicidad.

Los recuerdos de Villabermeja, de la Nava, de Rosita, de doña Ana, del ama Vicenta, acudían en tumulto en otras ocasiones á perturbar la mente del Doctor, combinándose de mil maneras á cual más fantásticas. La medida que tiene el tiempo en el mundo real escapaba á la comprensión del herido; pero ya advertía vagamente que había pasado tiempo bastante, cuando creyó percibir, como realidad y no como vana fantasía, que le tomaban la mano, que le miraban con miradas muy tristes, y hasta que le decían algunas palabras de consuelo el padre Piñón y Respetilla.

Después volvió el letargo; después se hizo más intenso el delirio febril.

La figura de la coya y la imágen de María se confundieron en un solo ser, en un solo espectro, que venía á sentarse á la cabecera de la cama del Doctor, que le cuidaba, que le besaba y posaba sobre su frente calenturienta una mano suave y amorosa.