Más tarde tuvo el Doctor una visión de mayor dulzura y consuelo. Fué como si viese su propia alma, la pura esencia de su ser, que, limpia por el dolor de toda mancha, tomaba forma celestial de portentosa hermosura. Era una virgen en la primera flor de su lozana juventud. Sus ojos azules parecían el zafir oriental de serena alborada; su cabellera rubia, oro; su sonrisa, las santas esperanzas de otra vida mejor; su talle, esbelto y cimbreante, pimpollo del paraíso; sus mejillas, rosas nacidas en otro clima más apacible y en más genial y grata primavera. El Doctor se reconocía á sí propio en aquella visión, en aquella imágen viva. Todos sus ensueños poéticos, que jamás habían adquirido forma adecuada con el ritmo y cadencia del verso y del lenguaje; todo lo sano de su filosofía, exento ya de dudas y de horribles negaciones; toda la virtud de su voluntad, sin vacilación, sin egoísmo y sin incertidumbre, todo se había condensado, había tomado cuerpo, se había determinado en aquel sobrehumano espectro. La virgen, ora fuese ensueño, ora realidad, le miraba con inefable ternura, y D. Faustino, como si fuese ella su propia alma, la amaba más que á sí propio, y todos sus pensamientos iban á ponerse en ella.

Imaginaba D. Faustino que, no bien aquella virgen penetraba en su estancia, cuando la embalsamaba toda un casto perfume de santidad y de tranquila beatitud, que traía salud y descanso, y que era harto distinto del oppoponax de doña Etelvina.

Otras veces veía D. Faustino en aquella visión á su genio bueno, al ángel de su guarda. Blanca estola cubría sus airosas espaldas y su virgíneo seno, y de sus espaldas brotaban alas transparentes teñidas de clara luz y tornasoladas, como el ópalo, con azul, carmín y nácar. No andaba ella: se deslizaba en el ambiente, alzándose del suelo. El espíritu del Doctor volaba hasta alcanzarla, y parecía que ella se remontaba al empíreo con el espíritu del Doctor, y que ambos penetraban juntos en la morada de los bienaventurados: en un yermo ideal, cubierto de perennes flores, donde sonaba dulcísima y siempre nueva y encantadora melodía, y por donde vagaban santas mujeres, piadosos penitentes, sabios llenos de fe profunda, filósofos que no renegaron jamás, héroes, mártires, videntes y poetas inspirados, los cuales enseñaron á los hombres los caminos de la virtud y de la verdadera gloria.

Poco á poco, con el transcurso del tiempo, se fué despejando la mente de D. Faustino. La niebla, al través de la cual los ojos de su espíritu y los ojos de su carne se diría que veían las cosas, fué desvaneciéndose y perdiéndose.

La conciencia acudió de nuevo á D. Faustino, y con ella la intensidad de los dolores físicos, su debilidad, su miserable estado. Horrible angustia se apoderó de su alma. Temió haber perdido los deliciosos ensueños para no ver ni comprender más que una realidad espantable. Aunque sus ojos estaban secos, llegaron á brotar de ellos dos lágrimas, que corrieron lentamente por sus hundidas mejillas, en ligero declive, por hallarse el enfermo tendido boca arriba y con la cabeza levantada en alto por dos ó tres almohadas. Casi al través de aquellas lágrimas percibió el enfermo con indecible júbilo, junto á él, con todas las condiciones de lo real, en un ambiente sin nube ni niebla, á la joven con quien creía haber soñado. Tenía su propio rostro; era más que su retrato, si bien revestido de ideal belleza, radiante de juventud, iluminado de santidad, lleno de inocencia y de puros, inmaculados esplendores.

Haciendo un esfuerzo, con apagada y bronca voz, dijo entonces D. Faustino:

—¿Quién eres?

—Irene, soy Irene,—contestó la joven con voz blanda, que sonó en el alma del doliente como música del cielo.

No bien pronunció aquel dulce nombre entró en el cuarto otra mujer. El Doctor la vió claramente. Se le había despejado la cabeza. Había recobrado el uso de todas sus facultades mentales. Aquella mujer era hermosa aún; pero su vida austera y consagrada á la mortificación, sus padecimientos morales y los estragos de las grandes pasiones, habían encanecido sus negros cabellos y marcado su frente con algunas precoces arrugas. Era María.

El Doctor lo comprendió todo.