—¡Hija del alma!—exclamó—¡María! ¡Esposa!—añadió luego.

Ambas mujeres se inclinaron sucesivamente sobre la cama y besaron las hundidas mejillas de D. Faustino, recomendándole, por amor de Dios y de ellas, que permaneciese sosegado.

La patrona, doña Candelaria, estaba de enhorabuena hacía más de una semana. Todos sus antiguos huéspedes, que pagaban mal, ó poco y tarde, se habían ido, echados por ella, y en cambio tenía de huéspedes al padre Piñón y á Respetilla, y lo que es más importante, al rico capitalista D. Juan Fernández de Villabermeja, con su sobrina doña María y su preciosa hija la señorita doña Irene, y unos cuantos criados, que apenas cabían en la casa.

D. Juan Fernández de Villabermeja, á quien todos llamaron después en su lugar D. Juan Fresco, había adoptado como hija á su sobrina María. Ésta y su hija Irene habían vivido con él en América, hasta que, hacía poco tiempo, habían vuelto á Europa y viajado por Italia, Alemania, Inglaterra y Francia. En París estaban ya cuando recibieron, desde Madrid, un telegrama del padre Piñón, parecido al que recibió el padre Piñón del doctor Calvo. Toda aquella familia tomó al punto el ferrocarril y se vino á esta corte, alojándose en la pobre é incómoda casa de huéspedes, á fin de velar y cuidar á D. Faustino López de Mendoza.

María é Irene acudieron con alborozo á ver al tío Juan, después del reconocimiento, y le dieron aquella nueva de estar despejada la mente de don Faustino, como señal cierta de su mejoría. D. Juan Fresco aparentó creer en la mejoría, á fin de no apesadumbrar más á sus sobrinas; pero en su interior tuvo por mal síntoma el restablecimiento de las facultades mentales.

Cuando vino el doctor Calvo, y después que vió al enfermo, D. Juan Fresco habló á solas con él.

El Doctor Calvo le dijo:

—Sr. D. Juan, siento tener que dar á V. la razón. La desaparición del delirio es un mal síntoma. Acabo de ver á D. Faustino. Me temo que ha entrado ya en el tercer período de la enfermedad, del cual pocos salen con vida. Su semblante está más alterado y muy pálido; sus ojos, espantados y muy abiertos; dilatadas las pupilas; el pulso, más débil y frecuente; la transpiración, pegajosa, y cascada y seca la tos. Mucho me temo que esta vuelta del juicio ha sido para que venga la agonía. En la cara del Sr. D. Faustino empiezan á pintarse todos los rasgos que caracterizan lo que llaman los médicos mors peripneumonicorum.

Afligidísimo D. Juan Fresco, tuvo que preparar á María y casi descubrirle toda la triste verdad. Ella la recibió con dolor profundo, pero con la devota resignación de un alma cristiana, bien templada y probada por mil pesares y disgustos.

La hija del bandido, aunque había llegado á ser, ó por lo mismo que había llegado á ser una riquísima heredera, y aunque tenía una hija, á quien deseaba legitimar y dar un ilustre apellido, no había osado pensar hasta entonces en el matrimonio; ni siquiera había querido buscar de nuevo á su amante. Temía que éste, arrastrado por la ambición, impulsado por el orgullo, agitado por otras pasiones, se hastiase de ella luego que le diese la mano como legítimo esposo. Temía que el espíritu de ella y el de D. Faustino, que por un fanatismo de amor creía ligados con lazo estrechísimo, como dos mitades de una existencia completa, si rompían en la vida presente el vínculo que formasen, se vieran condenados también á un eterno divorcio en la vida futura.