Todo esto había retraído hasta entonces á María hasta de soñar con ser la mujer de D. Faustino López de Mendoza.
Ahora no vaciló un instante en dar su mano al moribundo. Llamó al padre Piñón y le confió todos sus planes.
Exaltada la mente de D. Faustino con la celestial aparición de su hermosa hija, con la vuelta y el reconocimiento de su amiga inmortal, y con ciertas vislumbres de la eternidad, á cuyas puertas él mismo conocía que se hallaba, columbrando ya la luz de sus inefables misterios, volvió á tener fe y volvió á sentir la dulzura consoladora de las religiosas esperanzas. D. Faustino volvió á ser cristiano como cuando niño.
Hallando el padre Piñón tan bien dispuesto á D. Faustino, dió las gracias al Altísimo, y oyó la confesión de su amigo y paisano, absolviéndole de sus culpas.
Pocas horas después comulgó fervorosamente D. Faustino, y en seguida, siendo testigos ó hallándose presentes D. Juan Fernández de Villabermeja, el doctor Calvo, Respetilla, doña Candelaria é Irene, casó el padre Piñón, provisto del indispensable permiso, á D. Faustino y á María, celebrándose y solemnizándose aquellas tristes bodas con el llanto de todos.
CONCLUSIÓN
Quiso la suerte, ó más bien quiso el cielo en sus inexcrutables designios, que contra todas las probabilidades, contra todos los pronósticos de la ciencia, la vida de D. Faustino se salvara. Vencida la crisis mortal de la inflamación de la pleura, que también había afectado los pulmones, la herida se cicatrizó con rapidez, uniéndose del modo que convenía los tejidos vulnerados. El restablecimiento fué pronto y completo.
Diez y seis meses después de las tristes bodas, en el mes de Octubre del año siguiente, apenas si nadie recordaba ya la larga y peligrosa enfermedad de D. Faustino, su herida y el misterioso lance en que la había recibido.