Entonces, sin embargo, no era ya D. Faustino un sujeto obscuro é ignorado, sino un personaje de mucho viso y lustre. Sus riquezas, ó dígase las de su tío y de su mujer, prestaban brillo, realce y notoriedad á todas sus buenas prendas.

D. Faustino, con poco más de cuarenta y cinco años, parecía joven aún y era buen mozo y elegante. En sus cabellos rubios no se descubría una cana. Vestía con primor y esmero, y sin afectación alguna.

Cuando paseaba en la Fuente Castellana, con su bellísima hija al lado, en soberbios caballos ingleses, que él y ella manejaban muy bien, ambos excitaban la admiración y el aplauso de los concurrentes á aquel sitio.

La magnífica casa en que vivían estaba abierta á un círculo de gentes distinguidas, entre quienes empezaba ya á cobrar D. Faustino fama de gran poeta y hasta de sabio.

Rosita, en quien la compasión de ver tan humillado á D. Faustino había mitigado antes el rencor antiguo, volvió á sentirle de nuevo al ver á don Faustino tan encumbrado y tan dichoso; y la felicidad y el triunfo de María la Seca, de la hija del bandido, su aborrecida rival, la atormentaron con envidia devoradora.

En la generalidad de las gentes podía más, sin embargo, la simpatía y el amor hacia la familia del capitalista D. Juan Fernández de Villabermeja, que la envidia de su bienestar y opulencia. Así es que las noticias, difundidas por Rosita, de que María era hija de un bandido, lejos de causar daño á María, le prestaron cierto encanto novelesco, pasmándose todos de su discreción, de su saber, de la nobleza de su carácter, y de cómo, desde origen tan humilde, desde el lodo en que nació, había sabido elevarse, limpia y pura de toda mancha, salvo la de haberse entregado en su mocedad á D. Faustino, movida por un amor invencible, lo cual no había alma generosa que no perdonase, y mucho más al ver á Irene, cuya hermosura, candor y claro entendimiento eran perpetuo asunto de los mayores encomios.

Irene, si era adorada de los hombres, aun era más estimada de las mujeres. La ausencia de toda coquetería hacía que no la mirasen como una rival. Su religiosidad profunda, su disgusto del mundo sin amargura ni acritud, y su amor á las cosas del espíritu, la apartaban de toda vanidad mundana y de las galanterías y vulgares amores, elevando al cielo sus pensamientos, de donde se diría que, al volver á su alma, bañaban su rostro divino en reflejos como de luz increada.

María, su madre, ya hemos dicho que conservaba aún su belleza; pero la austeridad de sus costumbres, los recuerdos de su pecado, los pensamientos que despertaban en su mente la vida criminal de su padre y su muerte trágica, todo concurría á despojarla de aquella ligera afabilidad, de aquella alegría graciosa, de aquel trato fácil y ameno, que son el principal encanto del amor, y por donde la mujer, ajena ó propia, seduce, cautiva y rinde al marido ó al amante. Su amor hacia don Faustino era más fervoroso, más sublime, más fuerte que nunca; pero no era el amor á quien siguen ó rodean los juegos, las risas y las gracias, sino el amor severo, metafísico, casi ultramundano, hijo de la Venus Urania, consagrado por el deber y encadenado con un vínculo religioso.

María, además, se hallaba muy quebrantada de salud. Si bien en la sociedad procuraba, y lo conseguía, estar muy amable y no mostrar nada en su espíritu ni en su carácter que causara extrañeza, en la intimidad de su familia tenía prodigiosos éxtasis y arrobos, como si su espíritu volase muy lejos de ella á esferas misteriosas y distantes. Ni siquiera á su marido se atrevía ella á confiar sus ideas; pero dejaba entrever que imaginaba hablar con los espíritus, que recordaba casos de otras existencias pasadas, y que tenía, despierta, algo parecido á las lúcidas intuiciones del sonambulismo: lo que llaman segunda vista. Tristes presentimientos agitaban su corazón; mal reprimidos suspiros brotaban á veces involuntariamente de sus labios; las lágrimas solían nublar sus ojos de pronto, sin ningún aparente motivo.

El Doctor Faustino, á pesar de todo, amaba entrañablemente á María. Su amor de padre por Irene era más ferviente aún; pero el Doctor Faustino no era feliz tampoco. Con frecuencia, en lo más oculto de su mente, se dolía de no haber muerto el día en que reconoció á su hija y le dió su nombre.