Los coches, los caballos, la casa lujosísima, todo el bienestar y el dinero de que gozaba, eran debidos á la generosidad de D. Juan Fresco; él no había sabido ganarlos con su ingenio, con su actividad, con su saber y con su trabajo. Esto le tenía avergonzado y confuso. La terrible pregunta ¿Para qué sirvo? le atosigaba de continuo, y más aún la terrible respuesta: No sirvo para nada.

Su ambición, ardiente aún, y menos satisfecha que nunca, era para él un tormento incesante. Aun había tiempo de satisfacerla. Ahora, sin tener que pensar en los apuros pecuniarios, con dinero bastante, podía poetizar, filosofar, escribir, mezclarse en los negocios políticos, hacerse elegir diputado. El Doctor, no obstante, tenía miedo de acometer cualquiera empresa. Si salía mal, no podría achacar el mal éxito á su falta de recursos, y el desengaño sería más cruel y más duro.

La fe religiosa, que en lo más grave de su enfermedad, en el período crítico, cuando estuvo próximo á la muerte, había venido á consolarle, habíase de nuevo apartado de su alma. El Doctor volvió á dudar mucho y á negar más; imaginó que aquella vuelta á las antiguas creencias había sido efecto de su debilidad y de su postración; tal vez de la larga dieta; tal vez de la violenta calentura.

Entre tanto, mientras que su entendimiento, su discurso, su dialéctica dudaba ó negaba, su alma afectiva y su fantasía de poeta seguían presentándole mil sistemas, doctrinas ó teorías, que le agitaban con el deseo ó con el temor de que fuesen verdaderas. Ya en el centro de su ser creía columbrar lo infinito, lo divino, lo absoluto, de que estaba sediento; ya lo divino le parecía difundido por las entrañas mismas del universo todo, á quien prestaba su vida y su armonía. En suma, el Doctor ya era místico, ya era teósofo, aunque en ciernes y sin decidirse.

Sus raciocinios le llevaban á lamentarse ó á burlar de las alucinaciones de su mujer respecto á espíritus y á existencias pasadas; y sin embargo, hasta aquellas mismas creencias, que despreciaba, destruían la tranquilidad de su mente. En sueños, dormitando á veces, á veces bien despierto, cuando tenía los nervios sobrexcitados, en el silencio de la noche, después de larga vigilia, el Doctor veía á su mujer y á la coya confundidas en una. Entonces le parecía acordarse de cuando él fué guerrero y estuvo en el Perú, y allí la enamoró. Y luego suponía que ella, en el orden moral, había adelantado mucho, encaminándose á la perfección, y que él se iba quedando muy atrás, por más que María le tendía la mano, le alentaba, le guiaba, quería llevársele consigo á más altas esferas y á gozar de condición más noble.

Cuando estaba sereno, cuando sus nervios se habían calmado, á la clara luz del día, el Doctor se mofaba en su interior de aquellos delirios, pensando que su mujer estaba medio loca y que por momentos le comunicaba la locura.

La jovialidad de D. Juan Fresco; sus chistes, que todos le reían, en particular después de haber comido en su casa, pues tenía buen cocinero y mejores vinos; el sereno pensar con que aquel bermejino modelo comprendía y ordenaba en su mente los seres todos; la firmeza de su carácter y de sus principios, y el buen tino y la seguridad con que cuidaba de su hacienda y la acrecentaba, todo esto era antipático para D. Faustino, y, sin envidiarlo le vejaba y rebajaba bastante.

D. Juan Fresco preveía, allá en su interior, que aquellas cosas, que harto bien iba él trasluciendo, no podían tener término muy dichoso; pero no les hallaba remedio y se afanaba por retardar el mal cuanto fuese posible, procurando consolarse ya de él como si hubiera sucedido.

La afición de D. Juan Fresco á los bermejinos le indujo á convidar á Respetilla á que viniese á pasar un mes en Madrid para que viese bien cuanto de notable encierra la corte. Cuando Respetilla había estado la otra vez, nada había disfrutado ni visto, á causa de la enfermedad de su amo. Ahora que estaba en Madrid de nuevo, D. Juan Fresco se deleitaba en ser su cicerone. Hizo que el mejor sastre de Madrid le vistiese de levita, y le compró en casa de Aimable un sombrero de copa alta, que Respetilla llamaba gavina, chistera, colmena ó castrosa. La admiración de Respetilla por todos los objetos y el modo que tenía de considerarlos, encantaban á D. Juan. Mucho gustó á Respetilla la Historia Natural; el Palacio le pareció enorme; el Museo de Pinturas no le divirtió nada, y donde más gozó fué en los toros y en los bailes del teatro de Rivas, viendo El Descendiente de Barba Azul y Brahma. Aquellas niñas tan ligeras y tan ligeramente vestidas, la luz de bengala, la bajada de Barba Azul del castillo con toda su comitiva, los quitasoles y el dragón chinesco, le traían maravillado. Las niñas, sin embargo, eran lo que más le complacía; pero Respetilla hacía ya muchos años que se había casado con Jacintica, la antigua criada de Rosita, de quien tenía la friolera de nueve hijos como nueve becerros; tenía además muchísimo cariño y muchísimo miedo á su mujer, y ni de pensamiento siquiera se atrevía á cometer la menor infidelidad. Así es que, si por acaso y no reflexionándolo, se dejaba entusiasmar por las niñas un poco más de lo justo, luego se le presentaba en la mente la figura de Jacintica toda enojada, y se desataba en vituperios y en injurias contra las bailarinas, como si fuese un Catón cristiano, ó mejor diremos un San Pacomio.

Respetilla vió también y admiró en casa de sus amos, donde entraba ella como modista, á su antigua novia Manolilla, pasmándose de que se llamara doña Etelvina, y con cierto orgullo de haber estado en relaciones con persona tan cabal y de cuenta. Los trajes de doña Etelvina; sus bellos colores, rosa de Venus legítima, de la que usaron Lais, Tais y otras heteras de Corinto, Atenas y Mileto, y el perfume que ella exhalaba, no ya de oppoponax, sino de otra esencia más rica, llamada stephanotis, eran circunstancias que tenían absorto y boquiabierto á Respetilla, como si soñase mil portentos; mas ni por esas, y no porque respetase á doña Etelvina, sino porque respetaba á la ausente Jacintica, madre de los nueve, se atrevió Respetilla á propasarse, sino que, de acuerdo ya con su apodo se limitó á decir cuatro cuchufletas á la modista elegantona, quien, al fin, por lo singular y peregrino del lance, por estar Respetilla muy gracioso con su levita y su chistera, y por los dulces recuerdos de la juventud y de la patria, hay quien sostiene que se le mostraba menos arisca que mansa, y más cocida ó frita que cruda.