D. Faustino, en cambio, aunque harto poco disculpable, fuerza es confesarlo, no estuvo con Costancita tan firme, no fué tan honrado como su antiguo escudero. El amor purísimo de los ángeles, que Costancita había propuesto y recomendado en su carta, se le guardó D. Faustino para su mujer y para su bendita hija; pero la Marquesa de Guadalbarbo perturbaba todo su ser, despertaba en su corazón una tempestad de pasiones. Costancita misma, irritada por los nuevos obstáculos que entre ella y su primo se levantaban, celosa y envidiosa del bien de María, más enamorada que nunca, no soñando ya con el idilio, sino con el drama vehemente, rompió todo freno, y con otra astucia, con otro cálculo, con el mayor recato y disimulo vió y habló á D. Faustino en sitio que ella imaginaba que nadie averiguaría.

El Marqués de Guadalbarbo, si bien creyendo á pie juntillas en la inocencia de su mujer, vivía muy sobre aviso desde la noche de la sorpresa; pero ya Costancita estaba escarmentada, y fueron extraordinarias sus precauciones. El Marqués no se percató de nada.

Ni siquiera los maldicientes, que están siempre atisbando, á fin de averiguar y referir la crónica escandalosa, tuvieron el menor indicio del caso.

Desde que empezaron aquellas misteriosas citas, el Doctor se halló atormentado, inquieto al lado de María. Sentíase indigno, se avergonzaba de su doblez, de sus mentiras y de su ingratitud; pesábanle más en el corazón su pobreza y su incapacidad, y las riquezas y el desprendimiento generoso de D. Juan Fresco.

La segunda vista, la perspicacia espiritual de María, de nada valió para descubrir aquel secreto infame. Su enamorado espíritu entraba ó creía entrar en lo más oculto del alma de su marido; pero entraba tan lleno de confianza, de veneración y de afecto, que todo lo veía hermoseado por una luz pura, y no percibía lo feo y lo deforme.

Atribuyendo María las tristezas del Doctor á noble ambición contrariada y á la especie de humillación de verse pobre, siendo ricos su tío y ella, empleaba los medios más delicados y discretos para realzar aquel ánimo abatido, para darle esperanzas de que sería dichoso en cuanto emprendiese, para hacerle creer que de él dependía subir á la cumbre del poder y de la gloria, y para persuadirle sobre todo de que él era, en absoluto, y singularmente para ella, de tanto valor y de tan gran ser, y de precio tan inestimable, que no necesitaba de victorias, ni de triunfos, ni de aplausos mundanos, á fin de corroborar, y mucho menos de acrecentar en sí tan reconocidas excelencias.

Esta noble conducta de María mortificaba más y más á D. Faustino exacerbando sus remordimientos; pero el atractivo y la diabólica fascinación que ejercía sobre él Costancita, podían más que todo. D. Faustino amaba, reverenciaba, adoraba á María como algo santo, celestial, suave, sereno y puro, y buscaba, no obstante, á Costancita, arrastrado por el delirio de los sentidos, por el demonio de la vanidad y del orgullo, y hasta por el aguijón punzante de los celos, temeroso siempre de que si él la dejaba, ella pudiese querer á otro, aunque no fuese sino por despecho.

Mucho hubieran durado así las cosas, sin descubrirse nada, si el Doctor no hubiese tenido un enemigo vigilante, astuto y cada día más enconado contra él y contra su mujer. Este enemigo era Rosita.

Los lazos que la unían al general Pérez se habían estrechado cada vez más. Rosita dominaba al conquistador tremebundo; le tenía sujeto, avasallado, cambiado de león en cordero. Si ella le consultaba á veces sobre los moños, vestidos y adornos que debía ponerse, él la consultaba sobre la política. De ella dependía, pues, que el Ministerio durase ó cayese, que hubiera ó no otro nuevo pronunciamiento, que cambiase de Constitución ó de forma el Estado. En España todo lo podía la tropa; con la tropa todo lo podía el general Pérez; con el general Pérez, Rosita. De esta suerte, en virtud de tan irrefutable sorites, consideraba Rosita que todo dependía de ella. Ella era la Aspasia de aquel Pericles flamante.

En medio de tanta gloria, la afrenta que le hizo el Doctor y la rivalidad de María vivían en su corazón, á pesar de los años transcurridos, y se le corroían como un cáncer.