Como el General no tenía secretos para ella, llegó á decirle hasta el mal rato y el picón que le dieron Costancita y el Doctor, protestando que si él había pretendido á Costancita, había sido con intento de burlarse de ella y de rebajar su orgullo.

Informada Rosita de aquellos amores, suponiéndolos más adelantados de lo que estaban entonces, les siguió la pista con encarnizamiento, sagacidad y sigilo. Supo que doña Etelvina había sido la doncella de Costancita, y conjeturó que no podría menos de ser la persona de toda su confianza para ciertos negocios, dado que los hubiese. Bien estimó ella que sería difícil, ya que no imposible, que doña Etelvina, por desalmada que fuera, hiciese á sabiendas traición á su ama. No procuró, por lo tanto, ganarse la voluntad de doña Etelvina, sino la de su principal ayudanta y confidenta la señorita Adela, la cual, por lo mismo que doña Etelvina andaba siempre tan atareada, era la que acudía á casa de Rosita con modas y trajes.

Ganada del todo la señorita Adela, á fuerza de presentes y obsequios, nada ocurría en casa de doña Etelvina que Rosita no supiese. Así pasó más de un año sin que Rosita averiguase lo que deseaba averiguar; mas, por último, premió sus afanes el diablo.

La señorita Adela se impuso, á pesar del recato con que se hacía, y transmitió en seguida á Rosita su gran descubrimiento, de que la Marquesa de Guadalbarbo iba á casa de la Etelvina, ó bien muy de mañana, ó bien al anochecer, entre dos luces, y que allí veía al Doctor, que la aguardaba.

Rosita, prodigando entonces el oro, sobornó á la señorita Adela, y la comprometió á introducir á una persona en casa de la Etelvina y á ocultarla en lugar conveniente para que, sin ser vista de nadie, pudiese ver á los amantes en una de sus citas.

Luego la hija del escribano usurero escribió á María un anónimo, revelándole la traición de su marido y ofreciéndole generosamente los medios de cerciorarse de ella.

El día, la hora, el momento de la cita llegó, según la señorita Adela tenía averiguado.

Costancita hubo de quejarse del poco cariño, de la tibieza del Doctor. Se mostró celosa de María: dijo que María era más querida que ella.

Embriagado el Doctor por las fascinadoras miradas, por la coquetería infernal, por la elegancia, por la hermosura aristocrática y por la juventud inmarcesible de su prima, le aseguró que respetaba á su mujer, pero que no la amaba; que casi la odiaba por su causa.

El Doctor confirmó tan abominable aserto con un abrazo.