Entonces creyó oir cerca de sí, penetrando en su pecho como agudo puñal, un sollozo desgarrador y ahogado.
Se apartó lleno de espanto, de los brazos de Costancita; buscó rápidamente, y nada vió en el cuarto en que estaban. Abrió la puerta por donde habían entrado, y nada vió tampoco. Abrió, en fin, otra puertecilla que daba á otro cuarto interior, que también tenía salida al corredor, y encontró vacío el cuarto y la puerta de salida cerrada con llave. Interrogó á doña Etelvina sobre las personas que había en casa, y doña Etelvina dijo que no había nadie, salvo la señorita Adela, porque las oficialas se habían ido ya todas. La señorita Adela era además muy de fiar y no sollozaba nunca por tan poco. La señorita Adela, interrogada á su vez por doña Etelvina, sostuvo que nadie había entrado en casa; que ella estaba al cuidado de todo, y que los criados se hallaban en la cocina para evitar que se enterasen de aquellos asuntos.
Costancita decidió entonces que lo del sollozo, que ella no había oído, era una locura del Doctor. El Doctor acabó por persuadirse de lo mismo.
Desde aquel día en adelante la tristeza de María fué siendo más honda y persistente. Aunque no exhaló la menor queja contra D. Faustino, D. Faustino vió á las claras que todo lo sabía. Á pesar de su excepticismo, no hallando modo natural de explicárselo, el Doctor imaginó que no era vana la segunda vista de María; que su espíritu, desprendiéndose del organismo, al cual sólo por un hilo de flúido eléctrico quedaba anudado, volaba donde quería y atravesaba los muros y penetraba en los más ocultos lugares. El sollozo que él había oído y que no había oído Costancita, le pareció un ¡ay! del alma, un gemido espiritual que arrancó á María de lo hondo de su ser la horrible frase de que él casi la odiaba.
¿Qué satisfacción, qué disculpa, qué palabra de consuelo podía dar D. Faustino á su mujer si en efecto lo sabía todo, fuese como fuese?
El Doctor se limitaba, pues, á estar más amable, más dulce, más rendido que nunca con ella; pero no intentó explicación ni satisfacción alguna. María no se daba por entendida del agravio.
Por último, María cayó postrada en cama con una gravísima enfermedad. Sentía en el lado del corazón más calor que de ordinario, y una opresión y una fatiga muy grandes. Le pesaba algo dentro del pecho. Á veces le daban vahídos. Parecíale luego que le apretaban las entrañas. La atormentaban incesantes angustias. El pulso, débil, era desigual y precipitado; la respiración, fatigosa y entrecortada de lastimeros suspiros.
Su severa y majestuosa hermosura resplandecía más, á pesar de las muchas canas que blanqueaban su negra cabellera, porque sus ojos tenían más luz, más viveza que en su estado normal, y porque ardiente carmín daba color á sus mejillas.
De repente solían acometerle fuertes palpitaciones, que imprimían á su seno dolorosas sacudidas: se diría que llegaban á oirse por los que estaban cerca los latidos violentos é irregulares de su corazón inflamado. De repente también parecía suspenderse el movimiento del corazón, y la enferma caía en un desmayo. Siempre, con todo, conservaba María su razón despejada; más bien que turbarse ó anublarse, su entendimiento mostraba lucidez maravillosa, como si fuese una luz, una llama á la cual se acercan substancias combustibles.
El doctor Calvo prescribió dieta, reposo, bebidas refrigerantes y sinapismos en los pies; apeló á la homeopatía, y ordenó ignatia, pulsatila y ácido fosfórico. No se atrevió á ordenar sangrías ni sanguijuelas, por medio de la debilidad de la paciente. Al fin confesó á D. Juan que el mal no tenía remedio en lo humano.