Realizándose los desconsoladores pronósticos del doctor Calvo, María, cumplidos ya todos sus deberes de cristiana, estaba próxima á expirar, atendida por su tío y su hija, los cuales reprimían mal el llanto.

D. Faustino, sombrío, mudo, sin lágrimas en los ojos y con negra pena en el pecho, estaba de rodillas, junto á la cabecera de la cama. No se atrevía á tomar una mano de la moribunda. Apenas si se atrevía á mirarla. Lleno de horror y de vergüenza, inclinaba al suelo los ojos.

María hizo un esfuerzo supremo. Miró á su marido con tan benévola mirada, con tan santa sonrisa, con unos ojos tan dulces y tan llenos de perdón y de amor celestial, que D. Faustino la miró también sin atormentador sonrojo y henchido de gratitud y de arrepentimiento. Después, con mayor esfuerzo, María alargó la mano á su marido, que la tomó entre las suyas y la cubrió de besos respetuosos. Las lágrimas de D. Faustino, que habían estado como hielo hiriéndole por dentro, se liquidaron entonces, y brotaron de sus ojos, y bañaron la mano de María. Con desfallecida voz, con voz muy baja, que nadie sino él pudo oir, entrando clara y distinta por los sentidos en su alma, dijo ella de esta suerte:

—Lo sé todo; lo he visto; lo he oído. Te oí decir que me aborrecías; pero nunca pude creerlo. Lo dijiste en un momento de locura. Yo te perdono, Faustino; yo te amo. ¡Yo te bendigo! Ámame. No te atormentes creyéndote culpado. Vive para nuestra hija. ¡Es tan pura, tan noble, tan santa, tan angelical! Es el lazo de nuestras almas. Viviendo para ella, vivirás para mí. Por ella estamos más ligados que nunca. No hay entre nosotros divorcio eterno, sino eterno consorcio. Te espero allí arriba...

Sin más perceptibles suspiros, sin convulsión ni gesto, con dulzura inefable, más que como separación dolorosa, como tránsito feliz, cual cautivo que recobra la libertad, el espíritu de María abandonó en aquel instante su cuerpo hermoso. Aquel corazón fatigadísimo se había rendido al cansancio; había ido poco á poco moderando su impulso: se dilató al perdonar, y no tuvo fuerzas para contraerse de nuevo, impulsando la sangre por las arterias. La circulación cesó para siempre.

D. Faustino, mientras estuvo embelesado, bajo el encanto poderoso de aquella voz amada, simpática, que le perdonaba y le bendecía, abrió su alma á todas las esperanzas, pensó en el cielo: creyó en el perdón de Dios y en su infinita misericordia; juzgó que él mismo sabría perdonarse al fin, y columbró el camino de la perfección, del que se había extraviado, y consideró posible volver á él venciendo los obstáculos con varonil perseverancia.

Muerta María, ahogada su voz, extinguida la antorcha que le guiaba, las antiguas é inveteradas especulaciones surgieron de pronto en el ánimo de D. Faustino.

—Si he cometido una infamia, si soy un miserable—dijo para sí—, y si hay una vida eterna, eternamente me lo estaré echando en cara. No me limpiaré la mancha. Será un infierno sin redención. Si persiste mi individuo, persistirá el egoísmo, que es la esencia de la individualidad. ¡Ah, no! Lo malo, lo egoísta, lo impuro, debe morir. Lo inmortal, lo eterno, lo divino soy yo, es María, es todo, en lo que tenemos de bueno. Ella no era egoísta; ella era todo devoción y sacrificio. Como se entregó á mí un día, así se ha entregado á la muerte ahora, por completo, toda ella. ¿Qué ha de quedar de ella en otra vida? Ella se dió toda. Dios la recibió en su seno. Ella se perdió en la absoluta esencia.

Miró luego el Doctor con ojos enjutos y fijos el cadáver de María. Vió aquellas formas bellas aún: las imaginó destruídas, feamente destrozadas, cayendo en pútrida disolución. Un súbito ataque nervioso se siguió á tan crueles pensamientos, no dulcificados ya por el bálsamo de las creencias.

El Doctor rompió en una aterradora carcajada.