Acudieron á él su hija y D. Juan; pero fué tarde. El Doctor corrió hacia su alcoba, que estaba contigua. Su hija y D. Juan le siguieron. Sobre una cómoda había un revólver. D. Faustino le tomó antes que su familia llegase. Se metió el cañón en la boca, afirmándole contra el paladar, é hizo fuego.

La muerte fué instantánea. D. Faustino cayó por tierra sin movimiento.

Irene, de rodillas, con los ojos levantados al cielo, pedía perdón para todos, impetrando la clemencia divina.

D. Juan Fresco estaba trastornado, conmovido espantosamente, horrorizado, á pesar de su frescura.


Refulgente de inocencia, en medio de tantos horrores, Irene, disgustada del mundo, se decidió á buscar un asilo al pie de los altares. Su alma, toda entregada á Dios, no era capaz de compartir los efímeros y falsos goces de este mundo con ningún espíritu encarnado en cuerpo humano. Serafinito la amaba. Serafinito, que estaba en Madrid estudiando leyes, tenía por Irene una verdadera adoración. Irene le amó sólo como á un hermano.

La pena del excelente y candoroso Serafinito y las observaciones y ruegos de D. Juan no bastaron á persuadirla para que cambiase de propósito.

D. Juan Fresco y Serafinito llevaron á Irene á Avila, á los dos meses de muertos sus padres, y allí se encerró ella en el convento de San José, fundado por Santa Teresa. No bien pasó el noviciado, Irene tomó el velo y profesó de carmelita descalza, trocando gustosa por la aspereza penitente de aquella austera vida el regalo y el mimo con que había sido criada.


Tal fué la triste historia que me contó D. Juan Fresco, cuando no estaba presente Serafinito, para que no le diese una congoja.