La moral que D. Juan Fresco sacaba de todo el relato, era que esta educación del día forma muchos hombres vanos, presumidos, ambiciosos, llenos de mil planes absurdos, que es lo que él llama ilusiones, y sin firme creencia en nada, y sin energía ni para el bien ni para el mal.
—En el día—exclamaba,—los doctores Faustinos abundan:
Terra malos homines nunc educat atque pusillos, según cantaba el poeta satírico.
D. Juan, no obstante, ora sea porque había cobrado afición á D. Faustino, ora porque fuese cierto, sostenía que el Doctor había sido hombre de natural nobilísimo y generoso, aunque viciado por una perversa educación y por el medio en que había vivido.
Un día, estando yo en Villabermeja, fuí á visitar la iglesia con D. Juan Fresco. El padre Piñón, bueno y sano aún, hacía los honores, enseñando todas las curiosidades.
Nos paramos delante del altar del Santo Patrono de plata, que, como dicen allí, es tamaño como un pepino y hace más milagros que cinco mil demonios. Entre los milagros colgados junto al altar, el padre Piñón me mostró un Doctor Faustino, hecho de cera, de unas ocho pulgadas de largo. Era una ofrenda votiva del ama Vicenta, la cual afirmaba que el Santo Patrono había salvado al Doctor de la enfermedad que se siguió al duelo con el Marqués de Guadalbarbo.
—Mal milagro hizo el Santo, si le hizo—me dijo D. Juan.—¡Cuánto mejor hubiera sido que Don Faustino hubiera muerto entonces!
—Sr. D. Juan—contestó el padre Piñón,—no diga V. disparates. Si el Santo no lo hizo, lo hizo Dios; y lo que Dios hace, bien hecho está, aunque nosotros no penetremos la razón y el propósito.