Desde esta ciudad salían al amanecer coches para Sevilla, Córdoba y Málaga. Si el Doctor alcanzaba á María en el camino ó en dicha ciudad, antes de que María saliera en ésta ó en estotra dirección, el Doctor conseguía su objeto.

Las dos habían sonado largo rato hacía en el reló de la Iglesia. María llevaba más de dos horas de delantera. El Doctor iba á galope por el camino.

Más de la mitad llevaba andado, y la jaca, jadeante y cubierta de sudor, daba muestras de hallarse rendida de cansancio, cuando el Doctor, tan apasionado hasta entonces, que todo lo había hecho sin reflexión, se puso á considerar que, con dos horas de delantera que llevaba el carricoche, sería imposible alcanzarle en el camino, aunque reventase la jaca. Para llegar á la ciudad antes de amanecer había tiempo de sobra, aun yendo al paso. El Doctor, pues, si bien devorado por la impaciencia, se resignó á proseguir al paso su viaje. En la ciudad de... buscaría á María por todas partes, y esperaba que no partiría sin que él la viese.

Al paso iba D. Faustino hacía un cuarto de hora. Á un lado y otro del camino había frondosos olivares. La luna brillaba en el cielo despejado y con sus rayos argentinos lo iluminaba todo.

Acababa de bajar el Doctor una cuesta muy pendiente, y se hallaba en una hondonada, por donde corría un arroyo, en cuyas márgenes había muchos álamos y otros árboles y matas, que hacían el paraje sombrío, formando verde espesura.

Siempre distraído el Doctor en sus cavilaciones no vió ni oyó que de repente salieron en la arboleda cinco hombres á caballo, y con inaudita rapidez se le pusieron delante, atajando el camino. No lo advirtió, ó no tuvo tiempo para advertirlo; tan ligera fué la maniobra de los jinetes, hasta que uno de ellos gritó: ¡Alto ahí!

Entonces vió el Doctor que cuatro de los cinco le apuntaban con las escopetas. Quiso volver atrás para escapar, dando un rodeo, y notó que otros tres hombres á pie, armados también de escopetas, se le venían encima. Estaba completamente cercado, y en tan estrecho círculo, que ni para revolverse le quedaba tiempo ni espacio.

—¡Ríndete ó mueres!—gritó otro de los de á caballo.

Hallábanse los enemigos tan cerca, y era tan apremiante la situación, que todo lo que no fuese rendirse era una temeridad; pero nuestro héroe desesperado de que en medio de su viaje le detuviesen, tomó una resolución tremenda. Cogió del arzón de la silla una pistola, la montó, y apuntando al de á caballo que tenía más cerca, le dijo:

—Abre paso, tunante, ó te levanto la tapa de los sesos. Al mismo tiempo hirió fuertemente con las espuelas los ijares de la jaca, á fin de salir escapado, rompiendo por entre la cuadrilla de foragidos.