Éstos, que tenían también montadas sus armas, apuntando al Doctor, hubieran sin duda disparado, dejándole muerto, si la voz del Capitán no se hubiera oído á tiempo, diciendo:

—No le matéis, no le matéis: es mi paisano Don Faustino López de Mendoza.

El Doctor vaciló asimismo un instante en tirar, viendo la generosidad que con él se usaba.

Todo esto fué obra de un segundo. La jaca, excitada por los espolazos, iba ya á abrirse camino. Al atajar al Doctor los bandidos de á caballo, se tocaban con él. Las bocas de las escopetas rozaban su cuerpo. La pistola del Doctor podía matar á quemarropa al más cercano de los bandidos.

No había ya tiempo de explicaciones ni de transacciones, y, sin duda, hubiera habido alguna muerte, á pesar del grito del Capitán, si de pronto no se hubiese sentido el Doctor asido fuertemente de uno y otro brazo por dos de los de á pie, bastante robustos ambos para arrancarle de la silla y dar con él en el suelo por detrás del caballo.

En los esfuerzos que hizo para desasirse, apretó el gatillo y disparó la pistola; pero el tiro fué al aire, sin herir á persona alguna.

En el suelo ya, y detenido por los dos que le habían derribado, oyó el Doctor la voz del Capitán, que le decía:

—Sr. D. Faustino, su merced es mi prisionero. Ríndase su merced, y déme palabra de honor de que no intentará huir, de que me seguirá donde le lleve y de que no tratará de emplear la fuerza contra nosotros. Su merced volverá á montar en su jaca, y esta buena gente le respetará y considerará como debe.

D. Faustino no tuvo más remedio que prometer lo que el Capitán le exigía.

Apenas lo prometió, uno de los bandidos, que había tomado la jaca de la brida, la acercó para que D. Faustino montase, y él, suelto ya, montó en la jaca. Obedeciendo luego á una seña del Capitán, entró con los bandidos por una vereda que había en medio de los olivares, apartándose del camino real en tan belicosa compañía.