XXII.
LA VENGANZA DE ROSITA
Después de los sucesos que se refieren en el capítulo anterior, había pasado ya una semana, y nada se sabía en Villabermeja del paradero de Don Faustino. Su madre, llena de angustia, procuraba en balde averiguar dónde se hallaba un hijo tan amado.
Rosita, entre tanto, furiosa con los celos y los agravios, difundía por todas partes que D. Faustino, prendado de María, había huído con ella, sentando plaza de bandolero en la cuadrilla de Joselito el Seco. Como alguien afirmase que la noche en que huyó D. Faustino, y como no sólo Rosita, sino también Jacintica, diesen por seguros los amores de María con el Doctor, nadie dudaba en el lugar, salvo el padre Piñón, de que D. Faustino estuviese por su gusto con los bandoleros.
La propia ruina de la casa de los Mendozas hacía verosímil á los ojos de aquellos lugareños el que D. Faustino hubiese adoptado determinación tan heroica para salir de apuros.
El padre Piñón era el único que sabía que María no se había ido con el Doctor, el único que sabía dónde María se hallaba; pero á nadie quería confiarlo. Calculaba además que D. Faustino, no por su voluntad, sino muy á despecho suyo, había caído en poder de los ladrones; pero, como afirmando esto hubiera dado á Doña Ana más pesar que consuelo, el padre Piñón se callaba.