Rosita no creía mentir asegurando que el Doctor estaba con María entre los bandidos. Rosita lo daba todo por evidente. Su furia celosa la estimulaba, pues, de contínuo. Las excitaciones á su padre para que la vengase no cesaban á ninguna hora.
D. Juan Crisóstomo Gutiérrez, aunque avaro, usurero y poco escrupuloso en punto á moral, tenía dos prendas de carácter que le hubieran movido á obrar benignamente en aquella ocasión, si Rosita no le hubiese violentado. D. Juan Crisóstomo era compasivo y cobarde.
Por un lado, le inspiraba piedad la aflicción de Doña Ana, y no quería acrecentarla. Por otro lado, persuadido, como Rosita, de que D. Faustino se había hecho bandolero, temía que viniese á su vez á vengarse, ó cogiéndole á él para matarle ó darle, por lo menos, una paliza, ó bien yendo á sus caserías para incendiar alguna, ó romper las tinajas y las pipas, derramando el aceite, el vino y el vinagre, y haciendo de todo una trágica ensalada.
La figura del Doctor Faustino, acompañada de Joselito el Seco y de un coro de facinerosos, era la pesadilla del pobre Escribano. Durmiendo soñaba con que le habían ya secuestrado y le daban martirio; despierto, recelaba descubrir al Doctor ó á algún emisario suyo en cuantos hombres venían hacia él.
Pero si el Escribano temblaba de excitar la cólera del Doctor, todavía temblaba más delante de Rosita. Rosita le ponía entre la espada y la pared. ¿Qué medio le quedaba? ¿Cómo resistir á los mandatos de aquella hija imperiosa, de aquel tirano de su voluntad, frenético entonces de ira?
No hubo más recurso. El Escribano concitó á los acreedores, que le obedecían más que puede obedecer á Rothschild cualquier banquerillo de mala muerte, y reunió créditos contra la casa de Mendoza por valor de cerca de ocho mil duros. Eran escrituras y pagarés vencidos todos y que no se habían renovado, quedando así el deudor al arbitrio de los acreedores, quienes seguían cobrando los réditos mientras les convenía ó no se enojaban, y quienes, no contentos con los réditos, exigían asimismo una gran dosis de humildad y agradecimiento, so pena de enojarse y de pedir al punto el capital de la deuda, conminando con la ejecución.
Tal era el estado de la casa de los Mendoza, por culpa del difunto D. Francisco, y por poca habilidad, descuido y mala ventura de D. Faustino y de su madre. Su caudal, mal cultivado por falta de capital, con los frutos malbaratados siempre, apenas producía para pagar los enormes réditos de aquella deuda. Varias veces se había tratado de vender fincas para pagar lo que se debía; pero en los lugares pequeños hay una afición extraordinaria á tirar de los pies á los ahorcados. Cuantos tienen algún dinero andan siempre acechando la ocasión de que alguien esté en apuros y quiera ó necesite vender algo para comprárselo por la tercera ó cuarta parte de su justo precio. Aun así, piensan que favorecen al vendedor, pues le dan dinero, cuyos intereses son grandísimos, á trueque de tierras, que producen poco como no se esté sobre ellas y se emplee un capital de metálico y de inteligencia en su administración y cultivo.
D. Juan Crisóstomo hizo aún laudables esfuerzos para calmar á Rosita. Rosita llegó á decirle que preferiría ser hija de Joselito el Seco á ser hija suya; que si la hija de Joselito fuese la agraviada, su padre la vengaría.
D. Juan Crisóstomo no quiso ni pudo ser menos que Joselito el Seco, y por medio de su aperador envió recado á Respeta, diciéndole que los acreedores de los Mendoza no querían aguardar más; que era menester pagarles en el término de diez días, y que, de lo contrario, serían ejecutados los Mendoza.
Rosita, no contenta con esto, dictó ella misma una carta insolente á Doña Ana, amenazándola si no pagaba en el término señalado. El Escribano, aunque resistiéndose y con mano temblorosa, tuvo que firmar la carta.