Respetilla, cuando se enteró de todo por su padre, fué á casa del Escribano, habló con Rosita, le echó en cara su mal proceder y trató de suavizarla. Viendo que era inútil la dulzura, empezó á echar fieros y á desvergonzarse con Rosita; pero ésta se revolvió enérgica contra él y le arrojó de su casa con cajas destempladas. Ganas se le pasaron á Respetilla de dar una soba á la hija del Escribano, y aun de sacudir el polvo al Escribano mismo; pero el miedo de provocar un lance sangriento con algún criado de aquella casa, lance que podía terminar en que le enviasen á Ceuta, tuvo á raya los ímpetus de su lealtad y devoción á D. Faustino. Harto hizo el fiel escudero con no volver á ir en casa del Escribano y privarse del dulce trato de Jacintica, con quien cortó relaciones.

Sobre Doña Ana, entre tanto, habían venido todas las penas juntas.

Su hijo no parecía y su inquietud se aumentaba. Para consuelo, la amenazaban con la vergüenza de una ejecución, con la ruina total de su casa y hacienda.

Lo único que quedaba en casa, ya en el mes de Mayo, era un poco de vino, cuyo valor en venta no ascendería á diez mil reales. Doña Ana mandó á Respetilla que llamase á los corredores para que le vendiesen por lo que quisieran dar. Pero ¿qué eran diez mil reales cuando necesitaba ciento sesenta mil?

Doña Ana escudriñó todos sus armarios y cómodas; juntó la poca plata labrada y algunos dijecillos que conservaba aún; y aunque tampoco, por bien vendidos que fuesen, importarían más de otros diez ó doce mil reales, Doña Ana se decidió á venderlos.

Por último, venciendo su extrema repugnancia y sofocando su orgullo, acudió á su única amiga de corazón: escribió una carta á la niña Araceli, pintándole con vivos colores la terrible cuita en que se hallaba y pidiéndole auxilio.

Respetilla, encargado de llevar la carta y las joyas, montó á caballo y salió de viaje para el pueblo de la niña Araceli.

La infeliz Doña Ana, no pudiendo resistir por más tiempo tan crueles emociones, cayó enferma en cama con una espantosa calentura.

El pueblo, en medio de estos lances, se había dividido en bandos. Unos aplaudían la venganza de Rosita; otros la censuraban. Éstos juzgaban abominable la conducta del Doctor, á quien ya suponían transformado en bandolero; aquéllos pensaban que Rosita era el mismo demonio, y que el seducido por ella había sido el Doctor, sin que ella tuviese derecho para lamentarse de su abandono y para tomar tan despiadada y bárbara venganza. Toda Villabermeja ardía, pues, en chismes, suposiciones y disputas.

El padre Piñón era el más decidido partidario de los Mendozas. El médico y él venían á visitar con frecuencia á la enferma Doña Ana, y el ama Vicenta la cuidaba con el mayor esmero.