—Tiempo te sobró para matarle cuando estabas suelto. Ahora te atamos por caridad y para que no mueras.
Blasfemó, chilló e insultó de nuevo Pedro Carvallo. Teletusa pensó y propuso ponerle una mordaza, pero no lo consintió donna Olimpia y con voz imperiosa dijo:
—Llevadle al desván con los otros, echad la llave y traédmela. Que pasen allí la noche. Ya veremos cómo sin peligro ni escándalo se les da suelta cuando sea de día.
Aquellos dos formidables satélites, escuderos de donna Olimpia, y que ella traía siempre consigo para imponer respeto y tener a raya a los insolentes, sobre todo, cuando eran spiantati, oído el mandato de su señora, tomaron en volandas a Pedro Carvallo y se le llevaron al desván con delicadeza y esmero cuidadoso.
Donna Olimpia así lo recomendaba diciendo:
—Nada de malos tratamientos. No le hagáis el menor daño. Hasta podéis desatarle las manos cuando esté en el desván y llevarle de comer y de beber y un colchón para que duerma.
Dirigiéndose luego a Miguel de Zuheros, donna Olimpia le dijo:
—Yo os ruego, señor, que me perdonéis el grave disgusto que os ha causado el venir a verme. No hubo en ello la menor culpa mía. Toda la culpa fue de la vieja Claudia, mi criada. Sin encomendarse más que a su propia codicia, y creyendo que podía disponer a su antojo de Teletusa y de mí, cuando menos lo recelábamos, cuando ni sabíamos que estuviesen en Cintra los señores Carvallo y Acevedo, los introdujo aquí a ambos furtivamente. Dejó solo a Carvallo para que aguardase por un momento su vuelta y vino con Acevedo a la estancia de Teletusa. Hallábase allí vuestro amigo el señor Tiburcio, mancebo prudente y listo a maravilla. Buen doncel y consejero tenéis en él. Si la imaginación humana fuese tan viva y creadora en nuestros días como lo fue en la antigua Grecia, yo me daría a sospechar que la diosa Minerva, así como acompañó y guió a Telémaco en sus peregrinaciones, tomando la figura de Mentor, así os acompaña y guía al presente bajo la figura de un garzón barbilindo, disfraz más adecuado, en mi sentir, que el de un vejestorio barbudo. Pero dejando a un lado alabanzas, diré en cifra y resumen, que Acevedo, lo mismo que Carvallo, quiso llevarlo todo por la tremenda, y que prevenidos a tiempo mis dos escuderos, que andan siempre alerta y ojo avizor, aun antes de que Acevedo y Tiburcio desenvainasen las espadas, se apoderaron de Acevedo, y con el auxilio de Teletusa y de vuestro doncel, le ataron chistosamente abrazado a la vieja Claudia y traspusieron con ellos al desván, donde se los encontrará el Sr. Carvallo cuando allí llegue. La algazara promovida por estos sucesos que atrajo al cuarto de Teletusa en donde ocurrían. Tal ha sido la causa de mi tardanza en venir por aquí, donde algún indicio leve tenía yo de que tan dulce bien me aguardaba. Por dicha, y merced a vuestra destreza, serenidad y generosa sangre fría, todos hemos llegado a tiempo de evitar una tragedia.
—Y ya que no la hubo—dijo Teletusa—celebrémoslo bebiendo un trago a la salud de los amos de esta casa que no tienen mal provista la despensa. No os propongo que cenéis, porque no tendréis gana. Tal vez habréis cenado ya. Siempre, no obstante, habrá quedado lugar para un bocadillo de algo picante y salado que sea despertador de la sed. Las dos criadas de esta casa van a serviros al punto en esta misma mesa.
En efecto, salió Teletusa y a poco volvió, riendo, brincando y bailando, con un gran plato levantado en alto en sus manos como si representase a Herodias.