Cuando el Caballero del Verde Gabán, yendo de camino con D. Quijote y Sancho, explicó á éstos su modo de vivir, sentir y pensar, Sancho le halló tan bueno y tan ajustado, según diríamos ahora, á sus ideales, que penetrando hasta sus entrañas las frases del Caballero, se las derritieron de ternura y se las encendieron en afectos de amistad y veneración, movido de los cuales se apeó del asno y fué á besar los pies á aquel bendito hidalgo, á quien calificó y preconizó de santo á la gineta. Algo parecido me ocurrió á mí cuando hube leído la Circular de usted; y, abandonando mi espíritu sus vulgares ocupaciones, desechando sus cuidados prosáicos y mezquinos, apeándose también de su asno, saltó por montes y valles, atravesó el Atlántico, pasó la línea equinoccial, corrió por toda la extensión de la América del Sur, voló por cima de los Andes y llegó hasta la ciudad y casa de usted (calle de la Moneda, núm. 9), donde dió á usted un abrazo muy apretado. Pero, como esta visita y esta muestra de mis simpatías se hicieron por arte etérea, ni usted ni el público se habrán percatado de nada, y así no juzgo excusado escribir á usted, aunque tarde, y hablar de las ideas y planes de usted, cuya bondad me seduce, aunque de su realización me quepan dudas.
¿Quién sabe si lo que yo diga podrá ser útil por algún lado? Acaso valga mi escrito para divulgar en España el sistema de usted y ganarle parciales; acaso para remover inconvenientes; acaso para disipar estas ó aquellas de las dudas que, como he dicho, me asaltan.
Los sistemas y pensamientos de los hombres son ó parecen mayores vistos desde lejos. Hay en ello algo de más mágico que en la linterna mágica. ¿Cómo negar que Augusto Comte y su positivismo han ejercido y ejercen aún grande influjo en toda Europa? Difundida por el laborioso, infatigable, fecundo y sabio Emilio Littré, la doctrina del maestro se dilata, desde París, por todas las regiones de la tierra; pero el talento crítico, frío y excesivamente razonador de Littré, despoja de fervor la doctrina y hace que llegue tibia hasta nosotros, como la claridad de la luna. En cambio, en la mente de usted, como rayos de sol en espejo ustorio, convergen y se reúnen todas las llamas y fogosidades de Augusto Comte, que, reflejadas así, abrasan, funden y volatilizan los corazones.
Es más, y vuelvo á mi símil de la linterna mágica; lo que pensado y expuesto en París por Augusto Comte, visto de cerca, me parece pequeño, como es pequeña la figurilla pintada en el vidrio, toma en el espíritu de usted colosales y magníficas proporciones, como el espectro que va á larga distancia á proyectarse en cándido muro.
En las elocuentes páginas de la Circular de usted palpitan brío tan noble, amor tan entrañable del bien de la humanidad y fe tan poderosa, que á pesar de mi maldito escepticismo hay momentos en que me dejo arrebatar y traspongo, parodiando á Moisés, á la cumbre del monte Nebo, y me parece que descubro la tierra prometida, ó por mejor decir, que veo renovada toda la faz de la tierra y que la nueva Jerusalem baja engalanada del cielo con vestiduras relucientes de fiesta sin fin y de perenne consorcio.
Por desgracia no es todo oro lo que reluce, y quién sabe si encajará aquí como de molde la manoseada cita que dice:
¡Lástima grande
que no sea verdad tanta belleza!
Casi todos los preceptos que impone usted al género humano para que alcance sus más gloriosos destinos, son, á mi ver, tan sanos y beatificantes que no hay más que pedir, y si los siguiésemos sería el mundo un paraíso; pero aquí está el toque de la dificultad: en que usted va á predicar en desierto, como predicó mi santo y otros, en que nadie va á hacer caso de usted y en que todos van á continuar en sus vicios y malas mañas.
A usted se le antoja todo muy llano con tal de que el egoísmo se convierta en altruísmo; pero ¿de qué medio nos valdremos para hacer esta conversión? Yo no quisiera calumniar la naturaleza humana; yo reconozco, aplaudo y proclamo los arranques generosos de que es capaz; pero ¿no habrá en el fondo de nuestro sér algo de radicalmente egoísta? ¿Por qué pasa siempre por axiomática la sentencia de que la caridad bien ordenada empieza por uno mismo, sentencia que no pocas personas avillanan transformándola en esta otra: cada cual arrima el ascua á su sardina? Usted mismo destruye, contradice ó menoscaba el altruísmo en la sentencia capital que pone al frente de su bello discurso. Vivamos, dice usted, para los demás: la familia, la patria, la humanidad.
Con esto concede usted cierta predilección á la patria sobre la humanidad, y á la familia sobre la patria, de suerte que mientras más estrecho es el círculo de los objetos amados, y más exclusivo es, y más cerca está de nuestra persona, como si fuese emanación ó irradiación de la persona misma, más activo es el amor que se le consagra. No hay razón, pues, para que la progresión de amor quede incompleta, sin el término que en el texto de usted le falta, y que viene á ponerse en él, natural y forzosamente, traído por dialéctica impersonal é irresistible. Así es que el que lea el precepto y se decida á seguirle dirá en el fondo de su conciencia: yo amo y quiero amar á la humanidad y comprendida en la humanidad á la patria, y comprendida en la patria á mi familia, y comprendida en mi familia á mi persona. Con lo cual es indudable que todo irá comprendido en el amor de la humanidad como en superior predicamento: pero sucederá que mientras más alto y comprensivo sea el término en esta escala de lo amable, más vacío estará de razones y motivos para ser amado, ya que cada uno de los atributos que constituyen las diferencias es en lo amable una razón y un motivo más para que lo amemos.