Los asuntos no pueden ofrecer mayor variedad. Ya escribe usted crítica literaria como Sainte-Beuve; ya de dramas y comedias como Janin y Lemaitre; ya de música como Scudo, y ya traza graciosos y ligeros cuadros de costumbres, como nuestros célebres Fígaro, El Solitario y El Curioso Parlante.

En cuanto los ocho tomos contienen, luce usted su vasta lectura, su recto criterio, su viva y espléndida imaginación; lo bondadoso é indulgente de su índole que, más que á señalar defectos, le lleva á descubrir y celebrar bellezas; y el fervoroso entusiasmo y el amor entrañable con que se complace usted en realzarlas y en encomiarlas.

Yo, que me precio de ser y soy tan benigno como usted, no soy, ni con mucho, tan entusiasta; y, lo confieso, siento cierto temor á lo exaltado y lírico del estilo. Cuando por extraña casualidad quiero emplearle, me parece que oigo á mi lado, arredrándome, la voz de Maese Pedro que dice: «no te encumbres, que toda afectación es mala.» Está claro que Maese Pedro habla conmigo, y para otros que se entusiasman ó finjen entusiasmarse y llenan lo que escriben de flores contrahechas, que no puede haber nada más cursi; pero Maese Pedro no habla para ni contra usted, que es naturalísimo y sencillísimo, y que solo florea cuando las flores brotan, sin que usted lo pueda remediar, ex abundantia cordis. En este caso, más es de envidiar que de censurar que las haya. Envidiable es, en todos sentidos, el ardor apasionado que hace que nazcan estas flores.

Donde más me agrada en usted la tal poesía en prosa, que por ser natural no condeno sino que aplaudo y envidio, es en los elogios de mujeres. Nadie niega que es usted un estético apasionado de los buenos versos, de la declamación y de la música, ni menos que es un fervoroso católico; pero en mucho de lo que dice usted y en los retratos que hace de Adelina Patti, de Sara Bernhardt, de Lucía Pastor y hasta de Santa Rosa de Lima, creo descubrir (Dios me perdone si me equivoco) cierta morosa delectación y cierta vehemencia de afectos, que me caen muy en gracia, porque yo, á pesar de mis cansados años, soy todavía poco severo, pero que tal vez censuren los varones timoratos y graves, aunque no se atrevan á declarar que las susodichas delectación y vehemencia se opongan á la verdad católica, ni á la moral cristiana, ni que las anublen siquiera en lo más diminuto.

Por otra parte, como usted no es menos vehemente y exaltado en sus amores y en sus alabanzas á otros objetos más altos y menos materiales que la mujer, me inclino á dar por cierto que hasta los más penitentes anacoretas perdonarán á usted lo que señalo, suponiendo que sea defecto ó más bien exceso.

Dudo mucho de que haya argentino más patriota que usted, ni americano tampoco más amante de América: pero esto no entibia el amor de usted por la madre España. Sea prueba de este amor el siguiente elocuentísimo párrafo: «Saludadas Cádiz la pulcra, Jerez la laboriosa, Sevilla la poética, Córdoba la morisca, Valencia la fecunda, Barcelona la grande, Zaragoza la heróica, Madrid la histórica y coronada villa, cumple á mi lealtad declarar que América está envanecida de haber tenido por madre á la nación invicta que cantaba lo divino y lo humano con la lira de Lope y Calderón; pintaba lo místico y lo profano con los pinceles de Murillo y de Velázquez; esculpía el ideal de la eterna belleza con el cincel de Cano y Montañés; fustigaba las costumbres con la pluma de Cervantes y Quevedo, y clavaba el Lábaro del Redentor y la pica de sus soldados en lo conocido y desconocido de la tierra.»

Estos elogios, reconcentrados aquí sintéticamente para España, se derraman asimismo con profusión generosa sobre los artistas y escritores de nuestra nación y de nuestros días, y muy particularmente sobre Tamayo y Baus, Echegaray y Rafael Calvo.

Ni se crea por esto que usted es todo de almibar. Si no lo amargo, lo picante de la sátira sazona con frecuencia los escritos de usted y pone relieve en varios cuadros cómicos ó burlescos. El que se titula El convite Barrientos es un modelo en su género. Acaso exagere usted la caricatura para provocar más la risa, pero siempre se ve la verdad, y, á pesar de la exageración, se reconoce la fidelidad de los retratos.

Los cuadros de costumbres y las descripciones de usted son casi siempre ó divertidas ó interesantes: y para nosotros tienen además el atractivo de lo peregrino é inaudito que se combina con lo familiar, castizo y propio: nos representan escenas, lances y actos, en un mundo distinto del cual el Atlántico nos separa, animados y ejecutados por personas, en parte extrañas también, pero que proceden de nosotros, hablan nuestro idioma y llevan nuestros apellidos y nuestra sangre.

Las obras de usted no son sólo de mero pasatiempo y de crítica artística y literaria. Las hay que encierran muy sana y ortodoxa filosofía y que son didácticas y ricas en noticias y documentos de no corto valer. En mi sentir, lo mejor en este género es un elogio fúnebre del Pontífice Pío IX, donde pone usted toda la ardiente religiosidad de su alma; la vida de Don Félix Frías, modelo de patriotas y de republicanos, ejemplo de caridad inagotable y dechado de fe católica; y por último, el estudio biográfico y la brillante apología que hace usted de su antepasado Don Santiago de Liniers. A mi ver, así para todo español, como para todo argentino de corazón, este héroe es más simpático y admirable en su derrota y en su muerte que en medio de sus triunfos contra los ingleses, en 1806 y 1807; que en la expulsión de los ingleses de Buenos Aires y en la ulterior defensa de aquella plaza, hazañas tan hermosamente cantadas por Maury y por Gallego.