Liniers más motivo tenía de quejas que de gratitud al gobierno de España. Depuesto del mando se hallaba, cuando sobrevino la revolución, y fiel á su bandera como militar pundonoroso, se alzó en armas, en favor de la Metrópoli y del Rey contra los insurgentes colonos. Desbandada pronto la gente que acaudillaba, Liniers cayó en poder de los insurgentes, quienes le fusilaron en compañía de Allende, Moreno, Rodríguez y D. Juan Gutiérrez de la Concha, capitán de navío y Gobernador intendente de Córdoba de Tucumán. Antes de que los tiradores disparasen, dijo Liniers en alta voz: «Morimos orgullosos de nuestra fidelidad al Rey y á España.»

¿Cómo extrañar, por muy argentino y por muy republicano que usted sea, que se enorgullezca de la heróica vida y mas heróica muerte de tan ilustre antepasado?

La más extensa de las obras de usted, si pudiera considerarse como una sola obra, serían los dos tomos de viajes; pero, en realidad, estos dos tomos contienen cinco obras distintas: el viaje de Buenos Aires á Santiago de Chile, pasando por Montevideo, Córdoba, Altagracia, la Pampa, Achiras, San Luis y Mendoza, y salvando los Andes; el regreso á Buenos Aires, embarcado, por el estrecho de Magallanes; la excursión á las Sierras del Tandil, con la descripción de la piedra movediza, monumento acaso de una edad remota, y parecido á otros que de tiempo inmemorial subsisten en nuestras regiones europeas, y por último, las dos obras, en mi sentir mucho más importantes, que llevan por título De Corrientes á Cumbarití y De Valparaiso á la Oroya.

De Corrientes á Cumbarití es un extraño escrito, pintura naturalmente poética de uno de los países más hermosos del mundo y documento histórico de grandísimo interés, ya que un testigo ocular describe en él, con vivos colores y conmovido acento, el fin de una guerra obstinada y sangrienta, en que el Paraguay quedó vencido. Son por cierto de admirar la devoción y la valentía de los paraguayos en defender su patria. He oído afirmar, y, aunque haya en ello exageración, es tremenda alabanza, que, al terminar la guerra, apenas quedaban á vida hombres de armas tomar en aquella República. Y es más admirable aun que fuera un tirano como el Presidente López quien tan generoso entusiasmo infundiese.

Todo se explica, no obstante, cuando se considera la bondad, el brío, el candor y la condición enérgica y sufrida á la vez de los guaraníes, que constituyen la inmensa mayoría de aquel pueblo. Sobre tales prendas, que los guaraníes tienen por naturaleza, vienen á ponerse la severa disciplina de los jesuítas que los cristianizaron y el espíritu de obediencia que acertaron á inspirarles.

Al leer la sencilla y conmovedora narración hecha por usted de la tragedia, que puso término á la tiranía de López, acudí á leer de nuevo libros que ya tenía casi olvidados, para explicarme la mal empleada heroicidad de los paraguayos: para hallar sus antecedentes y fundamento.

El Padre Antonio Ruiz Montoya escribió y publicó en Madrid, en 1639, su Conquista espiritual. En este libro se expone cómo fueron los guaraníes convertidos por los jesuítas. Otro Padre tradujo el libro en guaraní, exornándole con más milagros. La traducción portuguesa del manuscrito guaraní, dada á luz por el literato brasileño Almeida Nogueira, nos ofrece la clave de todo. La aparición frecuente entre aquellos salvajes y la convivencia con ellos de ángeles y de demonios, y la repetida resurrección de difuntos, que venían á contar cuanto habían visto en el cielo y todas las delicias que allí se gozaban, y los tormentos espantosos y eternos del infierno, debieron de fanatizar aquellos ánimos sencillos predisponiéndolos á obedecer ciegamente á los Padres, á fin de ganar la gloria y de no padecer penas tan atroces é interminables.

Acaso fué conveniente entonces aquel despilfarro de lo sobrenatural. Por él se logró infundir en los fieros corazones de los indios bravos la moral cristiana, y apartarlos de los vicios y de los crímenes y supersticiones de su pasada vida selvática. Por él, ó sea haciendo prodigios, humillaron los Padres á los payés ó hechiceros, que también los hacían. Pero tal vez aquella educación religiosísima predispuso por demás á los indios á una docilidad y sumisión llenas de peligros, contribuyendo á hacer posible el advenimiento al poder del tremebundo Doctor Francia.

Los jesuítas habían regimentado y subordinado la valentía de los indios, empleándola como un arma, contra españoles y portugueses.

Es casi seguro que tenían los jesuítas razón. Muchos de los primeros aventureros, que iban á América, eran unos desalmados, de aquellos por quienes pudo decir el poeta: