La codicia en los brazos de la suerte
Se arroja al mar, la ira á las espadas,
Y la ambición se ríe de la muerte.

pero no era el medio mejor de amansarlos, y de procurar que los indios fraternizasen con ellos, el hacer que los indios formasen de ellos el concepto que expresan las siguientes palabras, tomadas de la traducción del manuscrito guaraní: «gente que sólo cuida de hacer cosas ruines, que destroza y mata; y, si alguien quiere librarse en balde de ser su esclavo, es maltratado como animal.»

Cobraron, sin duda, los indios recelo y odio contra los europeos, y así los jesuítas lograron que se prestasen para no pervertirse á vivir secuestrados de todo trato y comercio exterior y que tan valerosamente combatieran bajo el mando de ellos contra las armas de España y Portugal reunidas; contienda que sirvió de cuadro á uno de los episodios de la más graciosa novela de Voltaire y de asunto al bello poema de J. Basilio de Gama, inspirado cantor de Lindoya.

Sin duda esta educación jesuítica valió al Doctor Francia para ejercer su tiranía inaudita cuando nuestras colonias se emanciparon.

No me atrevo yo á decidir si aquella paz ignorante, aquel aislamiento paraguayo y aquel despotismo del Doctor Francia fueron peores que las incesantes guerras civiles, los pronunciamientos y contra-pronunciamientos y los tiranuelos feroces que hubo en muchas repúblicas hispano-americanas. Digo sólo que el Paraguay progresó menos, aunque no hubo en él sacudimientos, ni trastornos: vivió tan aislado que nadie podía penetrar en él sin exponerse á quedar allí para siempre, como el sabio Bompland compañero de Humboldt: y que, muerto el Doctor Francia, le sucedió el Doctor López, manteniendo á los paraguayos bajo el mismo régimen, si bien con férula ó vara menos dura.

Allá por los años de 1850, no sé quien persuadió á López, y López se dejó persuadir, de que debía abrir el Paraguay al comercio y trato humanos. Y López envió á su hijo á Europa de Ministro Plenipotenciario ubicuo, y de Europa fueron diplomáticos al Paraguay á celebrar tratados de comercio.

A no dudarlo, López quiso desde entonces para su patria cierto progreso y cierta ilustración, que se fuesen logrando con pausa. Con mayor fuerza de voluntad hubo de quererlo su hijo, que había viajado por Europa, y que heredó la presidencia de su padre.

Fuesen, pues, las que fuesen las causas de la guerra, que brasileños y argentinos hicieron al Paraguay, y cuya terminación, al espirar el año de 1869, usted tan elocuentemente describe, lo más que podrá afirmarse es que dicha guerra fué justa; que ni el Brasil ni ustedes la pudieron evitar; pero, francamente, yo no quiero considerarla un triunfo de la civilización y de la libertad sobre la barbarie y la tiranía; tiranía y barbarie hubieran acabado sin tanto estrago, aunque con mayor lentitud. No valía para adelantar aquellos bienes por algunos años pagar el adelanto con tal profusión de muertes, gastos y destrozos.

Aquí, en España, tenemos un libro muy divertido que retrata fiel y cándidamente, en mi sentir, lo que era el Paraguay bajo la presidencia ó dominio del primer López. Si en España hubiese más afición á la lectura, el libro de que hablo sería muy leído: se hubieran hecho de él muchas ediciones. Quien le lee, ríe con gana y de veras de los lances, aventuras y observaciones del Sr. D. Ildefonso Antonio Bermejo, autor del libro, que pasó en el Paraguay cuatro ó cinco años al servicio del tirano. Cómicos y muy raros casos refiere, pero hay tal tono de buena fe, tan sincero y espontáneo estilo en todo, que ni por un instante asaltan dudas sobre la escrupulosa veracidad del relato.

Todo él, y más aún la gloriosa defensa que hicieron los paraguayos de sus hogares y aun del mismo tirano, nos los presentan como mucho más simpáticos que los que á fuego y sangre fueron á pulirlos, á libertarlos y á hacerlos felices y cultos.