Reza un añejo y cruel refrán: la letra con sangre entra. Hay desventuras ineludibles. Ocasión se ofrece á cada paso de repetir la tan repetida exclamación virgiliana: Sunt lacrimæ rerun; pero la verdad es que con tantas guerras y tan atroces como tienen ustedes en América desde que son independientes y libres, pierden ustedes no poca autoridad y crédito para vituperar las ferocidades de sus tatarabuelos los españoles que fueron á civilizar el Nuevo Mundo en los pasados siglos.
El horrible método de acabar con la tiranía de López y de llevar la civilización á aquella tierra fertilísima, arranca de su piadoso corazón de usted, entre otras, estas sentidas voces:
«Fermenta la putrefacción sobre una alfombra de flores marchitada por la pólvora. Cubre aquellos cadáveres, contraídos por los dolores, despedazados por la metralla ó desfigurados por la corrupción, un cielo espléndido del cual parece descender la vida. La selva impenetrable, el árbol frondoso, el agua estancada, parecen exigir al hombre su fuerza y su inteligencia para cumplir la misión que Dios le confiara. Pero el brazo del hombre ha sido abatido por la espada. Su cuerpo corrompido yace mezclado con los corceles muertos en la batalla. Solamente Job, colocado en medio de la miseria y podredumbre de la muerte, podría cantar en términos apropiados la desolación del Paraguay.»
A estas y á otras no menos conmovedoras lamentaciones de usted sólo tengo que añadir mi deseo de que la paz restaure las fuerzas y sane y cicatrice las heridas que han tenido ustedes que hacer al Paraguay para que sea libre y más civilizado.
La obra de usted, que cito la última, De Valparaíso á la Oroya, es la mejor de todas, en mi sentir, ó al menos la que me ha causado impresión más honda y más grata. Me parece amenísimo libro de viaje. El estilo de usted, animado y pintoresco, tiene la fuerza de trasladar en espíritu al lector á los lugares que va usted recorriendo y que tan bien describe. Más de sesenta autores, antiguos y modernos, ha consultado usted para componer su libro. Cada uno de ellos informará más circunstanciadamente, ya sobre las antigüedades é historia del Perú, ya sobre su geografía, fauna, flora y demás recursos y naturales riquezas, ya sobre su industria y su comercio: pero pocos ofrecerán al lector un conjunto tan variado é interesante. Su trabajo de usted es principalmente el resultado de la inspección ocular y de sus recuerdos, los cuales, avivados por la fantasía y el talento del escritor, producen en quien lee la ilusión de que visita con usted aquel magnífico país. Son bellísimas las descripciones de Arequipa, del Misti, del Cuzco y sus ruinas, de la ciudad de los reyes, del valle de Lurín y del antiguo templo del Dios Pachacamac.
La pintura que hace usted del esplendor y florecimiento de Lima, la alegría de sus habitantes, la hermosura y gracia de sus mujeres, la riqueza de sus templos, la gala, el lujo y las joyas de su aristocracia, el tesoro artístico, en cuadros y antiguallas, que guardan el Museo Nacional, y las colecciones de los señores Ortiz de Ceballos y Dávila Condemarín, todo nos encanta y nos enorgullece á los españoles, ya que acertamos á fundar tan brillante colonia y á llevar á ella nuestra civilización y nuestras costumbres. Bastante nos apesadumbran y nos ponen contritos la consideración y la pena, que usted no deja de estimular, de las crueldades y actos vandálicos de Pizarro y los otros conquistadores: pero, sin poderlo remediar, tal vez para que sea menor el remordimiento colectivo, porque no quiero yo entrar en discusiones, nos sentimos inclinados á no creer por completo en tantas maravillas y en tantos bienes como se supone que hubo en el Perú, durante el imperio de los Incas. No me entra en la cabeza que hubiese entonces tantos millones de indios, hoy desaparecidos, ni menos que los indios que quedan sean más rudos y más miserables adorando á Cristo que adorando al sol, al Inca su pariente y al Dios Pachacamac, sobre cuyo nombre, condiciones, atributos y naturaleza, se funda sutil teodicea. Mucho me inclino á sospechar que la tal teodicea ha sido mejorada y hermoseada por la imaginación de personas ilustradas de nuestra edad ó por misioneros candorosos que quisieron descubrir en ella los rastros de la predicación de Santo Tomás ó de otro apóstol, que acertó á llegar hasta allí.
Si antes de los Incas, hacia el siglo X de nuestra era, habían tenido los peruanos escritura hieroglífica, esta escritura se había perdido en tiempo de los Incas, lo cual implica un retroceso en la cultura. Cuando la aparición de los españoles, sólo había los quipos ó nudos hechos con hilos de diversos colores. Por muy ingenioso que supongamos este arte y por muy hábiles y sagaces que fueran los quipocamayos ó interpretadores de quipos, me parece que es menester sobrada buena voluntad y fe grande para aceptar como evidentes, gracias á los quipos, los datos cronológicos y estadísticos sobre la duración, riqueza y censo del imperio de los Incas y sobre la bienaventuranza de sus súbditos, antes de la feroz conquista española. En fin, sea como sea, el daño hecho está ya y no tiene remedio. Yo convengo en que los aventureros, que iban de España á las Indias solían ser unos desalmados, lo peor de cada casa: y convengo en que el Padre Valverde era un fanático; un fraile trabucaire, como diríamos ahora. Pero, por amor de Dios, ¿no se resiste ó repugna á todo recto juicio que matásemos á disgustos y á malos tratamientos á tantos millones de séres humanos? ¿Cómo creer que déspotas como Viracocha, Pachacutec, Yupanquí, Huayna-Capac y Huascar, hacían más dichosos á sus súbditos, fomentaban más la población, las ciencias, las artes y la prosperidad, que los Gobernadores y Arzobispos, enviados á Lima por los católicos reyes de España, entre los cuales Arzobispos hubo santos y entre los cuales Gobernadores ó Virreyes los hubo tan buenos y tan filantrópicos como el conde de Superunda?
Sin duda que los reyes de España eran despóticos también, pero ¿cómo habían de serlo tanto como los Incas?
En fin, la misma enormidad de la acusación que se nos hace, destruye toda su fuerza. Sólo el apasionamiento y el afán de seguir las modas de París bastan á explicar que se crea que, en virtud de leyes paternales y protectoras de los indios, y yendo á Lima de Virreyes hombres eminentes, de lo más ilustre por saber, nacimiento y servicios, Hurtados de Mendoza, Toledos, Castros, Fernández de Córdoba, Velascos y Portocarreros, exterminásemos millones y millones de indios en poco más de trescientos años y convirtiésemos el Perú en un desierto.
En resolución, yo entiendo, no sólo por lo muy español, sino por lo muy progresista que soy, que es tan absurdo y apasionado el suponer con saudades un imperio de los Incas, maravilloso de bueno, cuya bondad destruyeron los españoles, como el imaginar una época de los Virreyes más floreciente y feliz que la época actual, cuando emancipado é independiente el Perú crece en población, riqueza y cultura, abre ferrocarriles que pronto salvarán los Andes, y se dispone á ser, á pesar de recientes contratiempos y desgracias, una grande y poderosa república y á convertir á Lima en una de las más bellas, populosas y espléndidas capitales del mundo.