Este misterio pareció aumentar el sobresalto de la linda muchacha.
El ama Teresa salió de la sala regañando.
Ya solos Paco y Beatriz, dijo ésta:
—¿Qué misterios son los tuyos? ¿Qué me vas a decir? Habla. Todo es mejor que la ansiedad, que la duda en que me tienes. Mi mal no será más horrible, mi desventura no será más honda en realidad que lo que me finge ya la fantasía. Habla. ¿Dónde está mi marido? ¿Qué hiciste de él? ¿Por qué no viene en tu compañía?
—Tu marido no ha ido al lugar. Mal puede venir conmigo. Tu marido no ha salido de Madrid. Aquí está. Aquí vengo a buscarle.
—Es imposible. Braulio no miente nunca. Braulio me dijo que iba a verte. Le habrá ocurrido alguna desgracia en el camino. Estará enfermo, muerto quizá en algún pueblo del trayecto. Braulio fué a verte. Braulio no me ha engañado.
Paco Ramírez, que no era hombre muy dado a perífrasis y rodeos, y que además creía que era urgente e indispensable una pronta explicación, dijo entonces:
—Braulio te ha engañado porque creía que tú le engañabas.
—No puede ser—respondió Beatriz, subiendo la roja sangre a sus mejillas—. ¿Quién ha inventado esa infamia? ¿Quién ha dicho esa locura?
—El mismo Braulio.