—¿Cómo? ¿Cuándo? ¿Dónde le has visto?
—No le he visto. He recibido carta suya.
—Dámela. Quiero leerla.
—¿Tendrás valor para leerla?
—Dios me dará valor para todo. Dame tú la carta.
Paco vacilaba aún.
—Dame la carta—volvió a decir doña Beatriz.
—Te la daré—contestó Paco—; pero antes exijo de ti una cosa.
—Dí, pide pronto.
—Vas a responder con sinceridad a lo que te pregunte: vas a declararme la verdad desnuda: no como si respondieses a tu hermano, sino como si respondieses a tu propia conciencia; como si estuvieses ante el tribunal del Eterno y fuese El quien te interrogase.