El celebrante lo bendice y coloca en su pecho una reliquia.

La voz del órgano derrama gozosas notas; nubes de incienso se elevan á lo alto de la bóveda; y en la nave central, las madres aguardan con el llanto en los ojos, en el lábio la sonrisa.

Mauricio vió á sus compañeros ir hácia ellas y caer en sus brazos.

¡Ay! ¡él estaba solo!

Ni padre ni madre que lo aguardaran; solo en esa hora solemne de la vida.

¿Solo?

No: ahí estaba Mr. Blain que le sonreia; ahí estaba la buena Colombe que le tiende los brazos y lo contempla enternecida.

—Ama—díjole Mauricio—¿Quieres que te dé mi reliquia? Mírala: es muy linda: Notre Dame du bon Secour.

—No, hijo mio—respondió la vieja sirvienta, volviendo la reliquia al pecho del niño.—Este recuerdo le es debido á mamá. Envíaselo dentro de tu primera carta.—