La hora, el lugar, la escena imponente en que acababa de actuar; la voz del órgano; el humo del incienso; las sagradas preces; todo esto despertó en el alma del niño una emocion profunda, al oir las palabras de la vieja Colombe. La luz de un lejano recuerdo brilló en su mente, mostrándole allá, como entre las nieblas de un ensueño, la figura angelical de una mujer que lo miraba sonriendo.

Sonrióle él tambien, y dos lágrimas se desprendieron de sus ojos.

Colombe las comprendió. Besó la santa imágen; guardóla en su seno; y en la noche, á la hora de acostarse, Mauricio la encontró á la cabecera de su cama.


IV

Desde ese dia un notable cambio se efectuó en su carácter. A la inquieta turbulencia del niño, sucedieron la mesura y la reflexion del hombre; al gusto por los juegos, el amor al estudio; á su indiferencia cosmopolita, el sentimiento exaltado de la nacionalidad.

Cuando en los dias clásicos, al flamear de la bandera tricolor, sus compañeros cantaban: «Allons enfants de la patrie,» Mauricio buscaba en el cielo, el azul pabellon; y del fondo de su alma exhalábase el grito sagrado del himno nacional. Allá, surgiendo de las brumas del lejano pasado, la imágen de la patria aparecíale con su inmensa pampa, su magestuoso rio, sus cerúleas lontananzas, llamándolo con poderoso reclamo.

Pero ¡ah! siempre que estas luminosas imágenes visitaban su mente, un siniestro recuerdo venía á oscurecerlas.

Su madrastra.