Este sentimiento de repulsion creció más todavía, cuando Mauricio comprendió por las cartas de su padre, la humillante dependencia en que yacía. Cada frase parecía consultada, corregida ó dictada por el déspota que leía sobre su hombro.

El jóven vertía sobre ella lágrimas de indignacion y de dolor; y una palabra de uno ú otro, contenían sus respuestas.

Así, la correspondencia entre padre é hijo tomó un carácter de acritud que, poco á poco, degeneró en frialdad.

Y, cuando á la edad de diez y ocho años, acabados sus estudios y rendido con brillo el último exámen, su padre le habló de regreso.

—Amo á mi patria y anhelo volver á verla—respondió Mauricio,—amo á mi padre y deseo estrecharlo en mis brazos; pero no podría presenciar el espectáculo vergonzoso de su servidumbre; y porque lo amo; y porque lo respeto, prefiero un eterno destierro.

A esta declaracion siguió un profundo silencio; y como única respuesta Mauricio recibió una carta que contenía inesperadas revelaciones. Suscribíala el escribano D..., uno de los hombres más honorables de Buenos Aires.

—«Alejados y sin conocernos uno á otro—decíale éste—únenos, sinembargo, el mandato de una persona que ya no existe; y que para mí fué por esto, más sagrado.—Y proseguía:

—«Hace quince años, fuí llamado un dia á casa del señor Cárlos Ridel, cuya esposa, en trance de muerte, debía otorgar testamento.

«Mi colega, el señor R..., autorizaba el acto; y yo creía haber sido requerido como testigo, cuando la testante, habiendo declarado que dejaba á su hijo único, Mauricio Ridel, el valor de doscientos mil pesos en propiedades urbanas y rurales, volviéndose á su esposo, pidióle permiso para instituirme á mí, hasta la mayoría de aquel, guardador de dichos bienes.

«Repugnábame una mision visiblemente motivada por disensiones conyugales; pero los ojos de la moribunda enviáronme una mirada de angustioso ruego, que me hizo aceptarla.