Así, cuando libre y en posesion de una fortuna independiente, podía entregarse á los goces que Paris ofrece con mano pródiga, él, sin esfuerzo, sin sacrificio, consagróse, á una vida de labor intelectual. Frecuentó la Sorbona, los Institutos, las academias y las bibliotecas. Arrojóse en el periodismo y tomó activa parte en los trabajos de uno de los principales diarios de Paris, haciéndose notar por su brillante estilo y la originalidad de sus ideas.
Ensayó la novela; y muy pronto los folletines firmados por Valerio—su seudónimo,—fueron leidos con entusiasmo, sobre todo por las jóvenes, que encontraban en sus páginas, á vueltas de los pálidos excepticismos de la época, el color ardiente de la pasion.
Era que el ideal evocado en sus creaciones despertaba y hacía palpitar un sentimiento que hasta entónces yacía latente en el alma de Mauricio:
—El amor.—
Y aunque más de una vez, las seducciones de la mujer habían deslumbrado sus ojos, rozado su epidermis, jamás lograron llegar á su corazon.
Tres años pasaron para Mauricio en aquella vida activa del espíritu. Proponíase ensancharla con viajes de recreo en torno á Europa y con la fundacion de un periódico de espíritu americano, que uniese en un contacto intelectual más íntimo, los dos continentes; trasfusionando en la savia cansada y empobrecida del uno, la savia rica y jóven del otro.
¡Ah! de todas las vanidades que deplora el Sagrado Libro, ¡ninguna tan vana como nuestros proyectos!
Creo haberlo dicho ya, en otra ocasion. No importa: las frases son las mismas, cuando es idéntica la situacion.
En el momento que Mauricio preparaba la realizacion de tan lisongero propósito, una carta de Buenos Aires, portadora de fatales nuevas, vino á destruir sus proyectos y sus esperanzas.
«Deber del hombre es ser fuerte y resignado, mi querido Mauricio—decía el escribano D... en aquella carta.—Por tanto, valor y resignacion.