A las nueve, probablemente la hora del arreglo, en el órden establecido en la casa, la puerta del cuarto se abrió de repente; y la camarera que entraba tarareando una cancion, al encontrarse con Mauricio, dió un grito y dejó caer escoba y plumero.
—Tranquilícese Vd., amiguita,—díjole éste, en voz baja—soy su huésped, y, por ahora, en la necesidad de sigilo y asistencia.
—Mande el señor—respondió ella, tambien bajando la voz—soy la camarera y estoy á sus órdenes.......
¿El señor es de Paris? Habla el francès como en el boulevard.
—No; pero amo á la bella ciudad; y por amor suyo pido á..... ¿El nombre de Vd., amiguita?
—Renata.
—Pido á Vd. buena Renata, que me deje encerrado; y que de ello guarde rigoroso secreto. ¿Sabe Vd. que soy un vecino proscrito?
—¡Ah! sí...... ¡Esas señoras! ¿Háse visto un capricho tan tonto? Aquella noche dábame ganas de entrar en el debate y decirles: ¡Insensatas! ¿qué os proponeis? En los monasterios hay un esposo: Jesucristo. Pero vosotras, ¿á qué ideal obedeceis?
—Bueno ó malo, déjelas Vd. en él. Y, que pues halla injusticia en su proceder conmigo, ruego á Vd. piense que mi ideal, á esta hora, despues de haber trabajado desde las seis, debe ser....... ¿Qué le parece á Vd. que sea?