—¿Descansar?
—¡Bah! ¡Almorzar, Renata, almorzar!
—¡Ah! es verdad, señor. ¿En qué pensaba yo? Con gran secreto voy á decirle á madame, que me mandará servir á Vd.
—Deje Vd. tranquila á madame, y avise en el restaurant de enfrente, donde tomo mis comidas.
—Yo misma iré á buscar el almuerzo del señor y se lo serviré con tanto más gusto, cuanto que estaría el dia entero oyendo hablar al señor. Si me parece que estoy en Paris. Aquí unos hablan el francés como normandos; otros como gascones. Como parisienses muy pocos; y de esos los más, hablan el francés de las Barrieres. El señor habla como Mr. Ribeaumont. ¿Conoce el señor á Mr. Ribeaumont?
—Sí: el espiritual colaborador de «Le Courrier de la Plata».
—¡Cómo me gustan los folletines de «Le Courrier de la Plata»! Yo no sé leer el castellano; pero lo oigo leer á las señoras de la casa, todas suscritas á los principales diarios. A mí me encantan los libros. Mi madre era portera en el colegio de señoritas que dirije madame Arnaud, calle de Valois. Yo les guardaba las novelas que ellas traian ocultas para leerlas en el jardin. En Paris todos gustamos de leer: los pobres como los ricos. «Le Petit Journal» es nuestra delicia, y la más mísera cocinera, ahorra sus cuatro céntimos para comprarlo.
Y en tanto que extendía los cobertores y arreglaba las almohadas, la charlatana camarera, espetaba á Mauricio aquella palabrería, sin cuidarse de que éste, ocupado en el trabajo que lo absorbía, no la escuchaba.
El sonido de un timbre y rumor de voces y de faldas en la habitacion vecina, interrumpió la cháchara de Renata, que llevó un dedo á sus lábios, y salió cerrando tras de sí la puerta.