XIV
—¡Oh! qué pesados son estos vestidos de abrigo—decía cerca de Mauricio, con acento quejumbroso, una voz dulcísima. Y se oia el caer de pesadas ropas sobre los muebles.
—¡Por Dios! ¡hay algo tan brutal como imponer al delicado cuerpo de la mujer este abrumador astrakan y el no menos insoportable bombasí!
Era necesario, era preciso, como dice Cienfuegos, que esos confeccionadores de la moda: Wort, Bowctlaw y sus semejantes, estuvieran locos, ó que se hubieran confabulado contra nosotros.—
Y con un suspiro de alivio:
—¡Ah!—decía—paréceme haber echado de mí dos toneladas.
—Poco te queda que sufrir—contestaba otra voz, tambien dulce y jóven.
—Ya rie la primavera con su florido aspecto.