—Por Dios, misia Laurencia, delátelos V.

—¡Ah! demasiado alto ha delatado una doble catástrofe, esa culpable inversion de la debilidad y la fuerza.—

Siguió un largo silencio.

Luego, aquí y allí—Ya sé—Ya sé—dijeron varias voces.

—¡Ay!—Ya sé—podía decir tambien, aquel que detrás de la puerta escuchaba.

Y en el corro femenil:

Usted habitaba en su vecindad, ¿no es cierto?—dijeron.

—En frente mismo de su casa, con nuestros balcones, por decirlo así, cara á cara, mediando solo, entre unos y otros, la angosta calle de Esmeralda: en la mayor proximidad. Sin embargo, y por esto mismo, nunca nos tratamos. Yo no podía sufrir, ni de vista, á aquella mujer autoritaria, que hacía de su marido un esclavo y lo ponía en ridículo con las extravagancias de su capricho. Hace daño el espectáculo de tales desequilibrios en un hogar.

Así, cuando dejé aquella casa al propietario que quería habitarla, aunque hacía años que moraba en ella, me plació alejarme de la proximidad de aquel infierno.....