El carácter de la Zárate, concluye el biógrafo, es tan recto y justiciero, que, un dia, asistiendo á la clase de religion, oyó á la profesora explicar la escena de Jesús, niño, en el templo, con su Madre y los doctores de la Ley.

—Pues yo, hijas mias—dijo ella dirigiéndose á las chiquitinas—yo, en lugar de mi Señora, en el templo y delante de los doctores de la Ley, le habría dado á mi Señor Jesucristo una limpia de azotes por cimarron.

Al siguiente dia, delatada por la hermana profesora de religion, perdía su puesto en la escuela.

Pero Aquel que lee en los corazones, indemnizó aquella pérdida, mandándole el beneficio de una herencia con la que vivía tranquila.

Seguía así una docena de viejas que apesar de su insignificancia, Mauricio las contemplaba con profunda gratitud.

Ellas habíanle abierto las puertas de aquella casa, donde le aguardaba el dulcísimo sentimiento que llenaba su alma.

Grupos de jovencitas, lindas todas—pues que la juventud es belleza—llenaban el resto del album.

Sobre ellas el biógrafo había arrojado una lluvia de flores, de esas flores que convienen á todas las jóvenes, sean grandes ó chicas, rosadas ó pálidas, morenas ó rubias.

Mauricio sintió temblarle la mano y el corazon, al volver la última página.