—¡Muchachas! ¡no hay que exagerar!
—¡Oh! si nada hemos dicho todavía. Escucha.—
Y dejando por aquí y por allí, sombreros, guantes y abanicos, continuaron, quitándose unas á otras la palabra:
—Que bien estaba la linda morocha, en su vestido de faya, tan sencillo como elegante, y su velo de tul de seda liso: el todo sin más adornos que azahares naturales.
—Un pié de Cendrillon calzando un zapatito de raso blanco, adornado tambien con azahares.
—Un precioso abanico formado de mariposas trasparentes: y chico, á la última moda.
—Pocas señoras; muy elegantes todas.
—Pero ¡qué gran séquito de caballeros! Toda la prensa: el general Mitre, Bartolito, Dávila, Lainez, Vedia, Laurencena, Lalanne, Walls, Ribaumont, Ortega, Alberú, Mulhall y tantos otros.
—Estaban tambien Eduardo Coll y Emilio Casares que fué el padrino y que dicen ha hecho un régio obsequio á la novia.
—Muchos literatos; el general Sarmiento, Santiago Estrada, José María Zuviría, el ministro de Bolivia doctor Vaca Guzman y tantos otros, hija, que yo no conozco. Apenas cabíamos en la capilla.