—El celebrante, que era el elocuentísimo padre Pera unió á los contrayentes con las palabras sacramentales, pronunciadas con uncion conmovedora.
Despues, volviéndose al auditorio, habló de la excelencia del matrimonio, de su orígen divino, de su utilidad en la comunion humana, de la santidad de su fin, del viático de virtudes que á él debe llevarse.
—Señores,—añadió—permitidme presentaros un modelo de esas virtudes en los cónyugues que acabo de unir: dos hijos animosos del trabajo. El uno, despojándose de una gran fortuna para salvar de la deshonra la memoria de un padre; el otro, en la débil adolescencia, luchando valerosamente con las dificultades de la vida y el desamparo de la orfandad.
Se amaban. Libres, podían unirse el uno al otro.
Pero eran pobres; y en la rectitud de su corazon, querían preparar el hogar, antes de traer la familia; y dados al trabajo, aguardaban, en ese penoso retardo á su dicha, resignados, confiando en Dios y en la fortaleza de sus almas.
Mas, no en vano confiaron en «Aquel que forma de las piedras hijos á Abraham»....
Existen varias instituciones creadas con capitales formados por la honradez y el trabajo, que con el modesto nombre de Compañías de Seguros, ejercen la más benéfica influencia en la vida económica de los pueblos; porque, cualquiera que sea la forma en que se tome, el seguro encierra el bienestar futuro de la familia.
En el seno de una de esas asociaciones tutelares, «La Buenos Aires», la Providencia guardaba un tesoro que á su hora, hizo surgir para recompensar la abnegacion filial y dar la felicidad á los que, creyendo en ella, esperaban.
—¡Que el Altísimo os bendiga!—
Y cayendo de rodillas, el hombre de Dios se absorbió en mental plegaria....