Durante la ruda ceremonia de los primeros baños fríos debe evitarse al menos la odiosa indiscreción de las muchedumbres. Que se verifique en sitio seguro, sin más testigo que el indispensable, una persona adicta para auxiliar en caso de necesidad, vigilar, sostener, dar friegas con paños de lana bien calientes, propinar un ligero cordial de un líquido templado en el que se pondrán algunas gotas de enérgico elíxir.

«Pero—se me objetará,—el peligro es menor cuando uno se baña á la vista de todo el mundo. Ya pasaron los tiempos de Virginia que, en un trance extremo, prefirió ahogarse mejor que tomar un baño.»—Error. Somos ahora mucho más nerviosos que nunca, y la impresión á que me refiero es tan viva é irritante (hablo para ciertas personas), que puede producir efectos mortales, por ejemplo un aneurisma, un ataque apoplético.


Estimo el brazo popular, mas aborrezco las muchedumbres, y sobre todo, las bulliciosas muchedumbres de vividores, que entristecen las orillas del mar con sus risotadas, sus modas, sus ridiculeces. ¡Cómo! ¿No hay bastante espacio tierra adentro, que habéis de venir aquí á hacer la guerra á los pobres enfermos, vulgarizar toda la majestad del mar, la salvaje y la verdadera grandeza?

La maldita casualidad me llevó un día del Havre á Honfleur, á bordo de una embarcación que rebosaba de esos imbéciles. A pesar de lo corto de la travesía, como los señoritos se fastidiaban, organizaron un sarao. Ignoro cuál de ellos (¿algún maestro de baile?) llevaba un pequeño violín en la faltriquera y comenzó á tocar contradanzas á presencia del Océano. Verdad es que no se oían los acordes de su instrumento, pues, la profunda voz del mar, que solemne, formidable, bramaba á nuestro alrededor, ahogaba aquellos débiles sonidos.

Concibo muy bien la tristeza que se apodera de la señora que en el mes de julio, ve turbada la soledad de su retiro por ese enjambre de presumidos, descreídos, confidentas, curiosas, etc. Desde aquel momento cesa la libertad. La más tranquila y apartada mansión pierde su calma nocturna con la algazara que promueven todos aquellos seres, en cafés y casinos. De día, bandadas de petimetres de guante amarillo y bota de charol, hormigueaban en la playa. Han visto á alguna persona que estaba sola. ¿Sola? ¿Por qué lo está? Y empiezan los cuchicheos. Acércanse y tratan de entablar conversación por medio del niño, al cual regalan algunas conchas. En una palabra, la señora, sin saber qué hacer, importunada, permanece en casa ó sólo sale de mañanita. Entonces, todo son comentarios malévolos, llegando á oídos de la madre una que otra frase. Esto no deja de inquietarla. Aquellos importunos, á quienes trata de desviar de su lado, son á veces gentes de influjo que podrían perjudicar á su esposo.

En ninguna parte trabaja tanto la imaginación como en los baños de mar. Las noches de julio y agosto, ardientes, y que se prestan poco al sueño, suelen pasarse agitadas, pensando en esas quimeras. Si la señora se levanta tarde, esto ocasiona más molestia que de costumbre, pues en tal caso, el baño, en vez de refrescar, añade la irritación salina al calor canicular. De manera que no ha recobrado la fuerza de la juventud, sino el hervidero. Débil todavía y en estado nervioso, vese turbada al propio tiempo por esa tempestad interior.

Interior, pero no oculta. El mar, el impertérrito mar, trae y descubre á la piel aquella agitación que no quisiera descubrirse á nadie, vendiéndola por medio de granitos, de ligeras eflorescencias. Todas esas miserias humanas, más comunes en los niños, y que sus madres toman por signo de salud, las afligen y humillan cuando son ellas quienes las sufren, temiendo verse privadas del cariño de sus compañeros. ¡Cuán poco conocen al hombre! Las pobres ignoran que el gran atractivo, el más vivo aguijón del amor, son los percances de la vida y no la belleza.

«Pero ¡y si me encontrara fea!» Esto dice cada mañanita al mirarse en el espejo. La esposa teme, á la par que la desea, la llegada de su bien amado: con todo, encuéntrase muy sola, tiene miedo sin saber por qué, en medio de tanta gente. No se atreve á alejarse, á pasear á cierta distancia. Su agitación crece por momentos. Apodérase la fiebre de todo su ser, métese en cama... Al cabo de veinticuatro horas encuéntrase el esposo á su lado.

—¿Quién le ha avisado? Ella no. Una manecita, con caracteres muy gruesos, ha escrito lo que sigue: «Querido papá: venid cuanto antes. Mamá está en cama. El otro día la oí decir: ¡Si le tuviese á mi lado!»