Helo aquí: ya está buena. ¡Hombre feliz! Feliz de verla restablecida, feliz de ser necesario, feliz de encontrarla tan bella. Verdad es que el sol ha tostado su cutis, pero ¡qué joven está! ¡Qué vida respira su mirada encantadora! ¡Qué dulce reflejo de salud en sus sedosos y magníficos cabellos que ondulan al viento!
¿Es fábula lo que se acaba de leer? Ese súbito renacimiento de vida, de belleza, de ternura, esa deliciosa aventura de encontrar á su mujer convertida en una joven querida llena de emoción, y tan dichosa de verse al lado de su compañero, ese milagro ¿es ficción acaso? No, sino el agradable espectáculo que se ve muy á menudo. Y si es raro entre los ricos, frecuentemente acontece á las familias laboriosas y esclavas de sus deberes. Sus forzosas separaciones son penosas; las escapatorias que permiten reunirse tienen un encanto que el arte no puede ocultar, ni los esposos se avergüenzan de demostrar su felicidad.
Conocida como es la tirantez prodigiosa de la vida moderna para los hombres del trabajo (es decir, para todo el mundo, excepción hecha de algunos ociosos), causan gran satisfacción estas alegres escenas, en que la familia reunida da expansión, por un momento, á los impulsos de su corazón. Los que lo tienen gastado, dirán que esto es propio de gentecilla, que es muy prosaico. Poco importa la forma, cuando el fondo es tan conmovedor. El negociante cuidadoso que de vencimiento en vencimiento ha logrado salvar la nave do guarda el porvenir de la familia, la víctima administrativa, el empleado que gasta su salud con la injusticia y tiranía de las oficinas, todos esos cautivos han roto sus cadenas, y en tan fugaz descanso, su adorada y tierna familia quisiera resacirles de los trabajos pasados, á fuerza de solicitudes. Gran talento demuestran para ello así la madre como el hijo. Con su alegría, sus caricias y las distracciones que procura el mar, apodéranse del ánimo fatigado, despertando en él otras ideas. Este triunfo les corresponde de derecho: llévanlo á todas partes, á ver su playa, á que contemple su mar, disfrutando con la admiración que producen estos objetos al recién venido. Si se les oye, todo aquello es suyo. Hanse posesionado del Océano en que se bañaron y se complacen en ofrecérselo.
La esposa vuelve á presentarse amable, benévola, ante la muchedumbre que hasta hace pocos momentos tanto la inquietaba. ¡Encuéntrase tan bien á su lado; tan en su centro! Siéntese más que segura, muy valiente: está familiarizada con el mar, con las olas, y afirma que va á nadar: «quiere domar el mar.» Ambición un tanto elevada. Primero vese postergada por su hijo, algo más listo y atrevido que su madre. Creyéndose sostenida, nada; en otro caso tiene miedo y se va al fondo.
Ahora se resarcirá á fuerza de baños, pues hase enamorado del mar, lo adora. Y la verdad es que el mar no comprende las pasiones á medias. No sé qué embriaguez eléctrica se encierra en él, que quisiéramos absorber cuanto contiene.
VI
Renacimiento del alma y de la fraternidad.
Tres formas de la Naturaleza dilatan y engrandecen nuestra alma, sácanla de quicio y la hacen bogar en el infinito.
El variable Océano de la atmósfera, con su festín de luces, sus vapores y su claroscuro, su movible fantasmagoría de creaciones caprichosas, con tanta rapidez disipadas.